Relato de ficción
Cuatro fogonazos en un fotomatón del metro
Rubén necesita fotos para renovar el DNI, pero el fotomatón de una estación vacía captura una presencia que se acerca con cada flash.
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Todavía quedan fotomatones en los vestíbulos del metro. Cabinas de cortina naranja, un taburete que gira para ajustar la altura, y cuatro fogonazos por cinco euros.
Rubén tenía cita a las nueve de la mañana para renovar el DNI, y a las once de la noche, saliendo del trabajo, cayó en que no llevaba fotos. La estación estaba casi vacía, los comercios con la persiana echada, y al fondo del vestíbulo, la cabina encendida, zumbando sola.

Entró, corrió la cortina, ajustó el taburete y metió las monedas. La pantalla le pidió mirar al frente y no sonreír. Cuatro flashes, con un par de segundos a oscuras entre uno y otro.
Fuera, junto a la ranura, esperó ese minuto largo que tardan siempre. La tira cayó todavía húmeda, con sus cuatro fotos en columna y el fondo azul de reglamento.
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La primera foto era normal. En la segunda, la cortina de su espalda aparecía descorrida. Y él la había cerrado del todo.
En la tercera, entre la cortina y la pared, asomaba una forma oscura. Y en la cuarta estaba inclinada sobre su hombro, casi pegada a su oreja, mientras Rubén miraba al frente sin enterarse de nada.

«Es un fallo de la máquina. Ha mezclado dos fotos. Tiene que ser eso.»
Se giró hacia el vestíbulo. Vacío. Ni pasos, ni sombras, solo el zumbido de la cabina. Pero necesitaba esas fotos para las nueve, y a esas horas no había otro sitio abierto. Así que apretó los cinco euros que le quedaban y volvió a entrar.
Esta vez no apartó los ojos de la pantalla, donde se veía a sí mismo sentado, solo, con la cortina cerrada a su espalda. Saltó el primer flash. Entre fogonazo y fogonazo, la pantalla se quedaba en negro. Y en uno de esos negros, notó frío en la nuca.
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No se movió. Aguantó los cuatro disparos mirando al frente, salió sin recoger el cambio y se plantó delante de la ranura con el corazón en la boca. La tira cayó al minuto exacto, húmeda como la primera.
En las cuatro fotos salía la cabina, el taburete, el fondo azul. Rubén no salía en ninguna. En su sitio, sentada muy quieta y mirando al objetivo, estaba la forma. Posando.
Al día siguiente se hizo las fotos en una papelería, a plena luz, con la dependienta charlando al otro lado del mostrador. No le contó a nadie por qué sonreía tan poco.
Aún guarda las dos tiras en un cajón. De vez en cuando lo abre, solo para comprobar que en la segunda la forma sigue sentada en el taburete. Prefiere saber dónde está.
Así que si un fotomatón te devuelve una foto con algo que no entró contigo, coge la tira y vete. No repitas las fotos. La primera tira te enseña lo que tienes detrás. Con la segunda, le estás guardando el sitio.
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Este relato nació como un vídeo del canal. Cada semana publicamos historias nuevas.
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