Relato de ficción
El ascensor de las tres de la madrugada
Una norma prohíbe usar el ascensor después de las tres. Cuando un vecino decide ignorarla, descubre que la cabina no está vacía.
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El edificio parece normal, hasta que leo la norma enmarcada junto al portal vacío.
A partir de las tres de la madrugada, nadie debe usar portal ni ascensor por mantenimiento.

Las cámaras del portal están cubiertas con cinta negra gruesa, como ojos vendados a la fuerza.
Los carteles sin firma de la comunidad se ven recientes, pero nadie recuerda haberlos pegado.
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Esa noche espero despierto en mi salón silencioso, mientras el reloj marca las tres.
Abro la puerta de mi piso y el pasillo está demasiado quieto, sin un solo zumbido eléctrico.

Camino hasta el ascensor, la luz apagada del botón parece observarme, paciente y expectante.
Pulso el botón y, en vez del timbre habitual, escucho un susurro ahogado tras la puerta metálica.
Las puertas se abren con un gemido y encuentro el interior iluminado por una luz enferma, verdosa.
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Dentro, varias siluetas borrosas me dan la espalda, quietas, ocupando cada esquina del ascensor.
Ninguna presiona botones, pero el panel marca todos los pisos a la vez, parpadeando descontrolado.
Subo temblando y, cuando las puertas se cierran, siento más manos que cuerpos rozando mis hombros.
El ascensor se detiene entre plantas y, en el reflejo del espejo, mis acompañantes no aparecen.
Una voz pegada a mi oído susurra que la norma existe para ellos, no para nosotros.
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Este relato nació como un vídeo del canal. Cada semana publicamos historias nuevas.
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