Relatos Extraordinarios

Relato de ficción

El canto prohibido del planeta Sereb

En un planeta donde la música está prohibida, un joven chatarrero despierta una frecuencia que atrae a quienes gobiernan las estrellas.

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En los confines del universo conocido gira un planeta de polvo rojo llamado Sereb.

Allí no llega la riqueza, ni la ley, ni la música. Sobre todo, no llega la música.

Porque hace mucho, mucho tiempo, el imperio que gobierna las estrellas prohibió un sonido. Una sola frecuencia, enterrada y olvidada, que llaman el Canto.

Quienes mandan se hacen llamar La Quietud. Viven desde antes de que nadie recuerde, y no piensan morir jamás.

En Sereb, un muchacho llamado Tael se ganaba la vida hurgando en chatarrerías, desarmando antenas muertas que el imperio había clausurado generaciones atrás.

«Cobre limpio, una bobina sin partir. Con esto como toda la semana.»

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Aquella tarde, entre el esqueleto de una torre caída, encontró algo que no había visto nunca. Un pequeño núcleo sellado, todavía caliente al tacto.

No debió tocarlo. Lo sabía por instinto, por el silencio espeso que de pronto lo rodeó. Pero la curiosidad pesa más que el miedo a los dieciséis años.

Unió dos cables y, sin querer, lo despertó.

Primero un zumbido fino como un hilo. Luego una nota grave que no venía del aparato, sino de debajo de su piel.

«¿Qué es esto? Lo noto en los huesos. Lo noto en los dientes.»

El sonido lo atravesó entero. Oía el viento moverse grano a grano, sentía su propio corazón retumbar como un tambor en una cueva.

Y algo más antiguo que él, dormido en lo más hondo de su sangre, abrió los ojos.

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Lejos de allí, en una nave fría que orbitaba mundos sin nombre, una luz roja parpadeó en un panel oscuro.

«Frecuencia detectada. Sector fronterizo. Uno ha despertado.»

Esa noche, una anciana a la que el pueblo evitaba encontró a Tael todavía tirado en el polvo.

«Levántate, muchacho. Lo que has oído también lo han oído ellos. Te ha elegido la sangre, no tú.»

Fuera, el cielo se rasgó. Una nave negra descendió sin un solo ruido, posándose sobre la chatarrería como un cuervo sobre un cadáver.

«Corre, Tael. Hacia las antenas viejas. No mires atrás. Corre.»

Y mientras Tael corría con un cuerpo que de pronto era más rápido, más fuerte, comprendió que acababa de dejar de ser un chico cualquiera.

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