Relato de ficción ambientado en un lugar real
El eclipse de las sábanas en Tierra de Campos
Castilla y León
Marta vuelve al pueblo de su abuela para ver un eclipse y descubre que los vecinos solo esperan la oscuridad sobre sábanas heredadas.
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Cuarenta y un vecinos en el censo. Aquella tarde había coches aparcados en las dos cunetas, con matrículas de media Europa, desde la entrada hasta la salida del pueblo.
Marta había heredado la casa de su abuela y no volvía desde el entierro. Volvió por el eclipse, porque aquel pueblo de la Tierra de Campos caía justo dentro de la franja.

Montó el trípode en la era, detrás de la iglesia. Alrededor, los forasteros extendían toallas, neveras portátiles y sillas plegables. Los del pueblo sacaban sábanas blancas.
Sábanas viejas, zurcidas, con las iniciales de cada casa bordadas en una esquina. Las estiraban sobre la tierra pisada y las sujetaban con cuatro piedras.
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«¿Y eso es para tumbarse?»
«Eso es para estar de pie. Cuando se vaya la luz, los pies en la sábana. La de tu abuela sigue en el arcón de arriba.»

Marta subió a buscarla más por vergüenza que por creer nada. La encontró doblada bajo la ropa de invierno, con las iniciales de su abuela en el pico. La estiró junto al trípode y puso las piedras.
Sobre las ocho y media el sol ya estaba muy bajo, casi tocando el horizonte, y la luz se volvió delgada, como si alguien la estuviera colando. Bajo el nogal, el suelo se llenó de cientos de soles pequeños en forma de uña.
Las sombras de la gente se alargaron hasta cruzar la era entera. Dejaron de hablar todos a la vez, sin ponerse de acuerdo. Sobre las sábanas empezaron a correr unas ondas grises, rapidísimas, como agua sobre la tela.
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Entonces se fue la luz. Y en ese segundo el trípode se venció hacia un lado, y Marta salió de la sábana y pisó la tierra para agarrarlo.
Un minuto y cuarenta segundos. El horizonte naranja por los cuatro costados, una estrella encima del campanario, y la tierra fría bajo las alpargatas, tirando de ella hacia abajo sin fuerza, como una corriente mansa.
Volvió el sol por el borde de la luna y la era entera se llenó de sombras larguísimas, decenas, todas tumbadas en la misma dirección.
Todas menos la suya.
Si hoy te pilla dentro de la franja y alguien extiende una sábana en el suelo, quédate encima hasta que vuelva la luz.
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