Relato de ficción
El invitado de medianoche en Año Nuevo
Felipe se queda solo en Nochevieja, pero cuando los relojes se detienen, la advertencia de su abuela empieza a cobrar sentido.
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Felipe despreciaba las supersticiones y amaba la soledad del treinta y uno.
«Prefiero mis videojuegos a una fiesta aburrida.»

Su abuela, antes de salir, lo detuvo con una mirada sombría.
«Cuidado con el invitado de medianoche. Busca un cuerpo joven para renovarse.»
«Claro abuela, le dejaré la puerta abierta.»
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Felipe rió mientras la casa quedaba en absoluto silencio.

A las once y cincuenta y nueve, el reloj del pasillo se detuvo, sin razón.
El televisor se apagó. En el reflejo negro, apareció una sonrisa desconocida.
«¿Quién anda ahí? Esto es una broma, ¿verdad?»

La calefacción murió. El aire olió a cera vieja y ropa guardada.
Del baño llegó un golpeteo lento, como nudillos practicando un nombre.
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«Abuela, si estás escuchando, prometo no reírme otra vez.»
Las campanas sonaron sin hora. La puerta principal se abrió, aunque estaba con llave.

Entró una figura con abrigo de fiesta, rostro borroso, ojos demasiado jóvenes.
Felipe intentó correr; sus piernas obedecieron tarde, como si ya fueran prestadas.
La figura susurró sin boca: "Un año más". Felipe sintió su piel cambiar.
A medianoche, alguien brindó solo en la sala, usando la voz exacta de Felipe.
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