Relato de ficción ambientado en un lugar real
El pozo sellado de una casa en la Alcarria
Durante una sequía en la Alcarria, Tomás descubre que la pila de su patio se llena cada madrugada, aunque el agua esté cortada.
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Un pueblo de la Alcarria, agosto, el peor verano de sequía que se recuerda. En la puerta del ayuntamiento, un bando escrito a ordenador y firmado a mano: se corta el agua todas las noches, de once a siete.
Tomás pasa allí el mes, como cada año, en la casa que sus padres compraron hace tiempo a una vecina del pueblo. Una casa antigua, con patio empedrado y una pila de piedra en la esquina, de esas que ya nadie usa.

La primera noche de restricciones comprobó el grifo antes de acostarse. Ni una gota. Y sin embargo, pasadas las dos, le despertó un sonido inconfundible que venía del patio: agua cayendo sobre piedra.
Bajó descalzo, con la linterna del móvil. El patio estaba vacío y el grifo, cerrado y seco. Pero la pila estaba llena hasta el borde. Agua limpia, quieta, tan fría que dolía al meter la mano.
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La vació pensando en una broma de algún vecino y se volvió a la cama. A la noche siguiente, el sonido regresó. Esta vez, además de la pila, amaneció lleno el cubo de zinc que colgaba junto a la puerta. El agua olía a piedra húmeda, a sitio hondo.

Se lo comentó al vecino más viejo de la calle, medio en broma, mientras regaban los geranios con agua reciclada. Al hombre no le hizo ninguna gracia.
«Esa casa tenía el mejor pozo de la calle. La señora Engracia sacaba agua de noche en las sequías, para ella y para media calle. Cuando murió, la familia lo cegó con una losa de hormigón.»
Tomás apartó las macetas del rincón del patio y allí estaba: la losa gris, más nueva que el empedrado. Y encima, enrollada con cuidado, una soga de pozo. La tocó sin pensar. Estaba empapada.
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Aquella agua no venía de ninguna tubería. Alguien seguía sacándola, cada noche de corte, de un pozo cerrado hacía años. Tomás no volvió a vaciar la pila. Dejó el cubo en su sitio y aprendió a dormir con el sonido.
La tercera semana de agosto, el depósito municipal se quedó a cero y el corte se alargó hasta el mediodía. Aquella mañana, en el patio de Tomás amanecieron llenos la pila, el cubo y hasta el barreño de fregar. Hubo para toda la calle, como en los tiempos de Engracia.
Solo una vez se asomó de madrugada a la ventana del patio. Abajo, en el rincón de las macetas, la soga estaba tensa sobre la losa, subiendo despacio, hundiéndose en el hormigón como si fuera agua. No bajó a mirar. Cerró la ventana y esperó a que terminara el sonido.
El bando sigue en la puerta del ayuntamiento y las noches siguen siendo secas en todo el pueblo. En todas las casas menos en una, donde la pila amanece llena sin que nadie abra un grifo. Y en esa calle, nadie pregunta quién saca el agua.
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