Relato de ficción ambientado en un lugar real
La llamada de las 3:10 en un camping de Tarragona
Tarragona
La megafonía llama a Sergio de madrugada en un camping de Tarragona, pero recepción está cerrada y nadie debería poder usarla.
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Un camping de la costa de Tarragona, pegado a la N-340, en pleno agosto. De día, mil personas; de madrugada, solo el mar y el tictac de los aspersores. Sergio, parcela ciento catorce, salió de la tienda a las tres y diez camino de los aseos, con las chanclas y la linterna del móvil.
A la vuelta, a medio camino entre los pinos, los altavoces de los postes chasquearon. Ese chasquido que conoce todo el que ha dormido en un camping. El que va justo antes de los avisos.

«Se ruega a Sergio, de la parcela ciento catorce, que acuda a recepción. Sergio, parcela ciento catorce. A recepción, por favor.»
Se quedó quieto, con la linterna apuntando al suelo. La recepción de aquel camping cierra a las once. Lo pone en un cartel plastificado en la puerta, y a las once y cinco ya no queda nadie.
«Será por los niños. Algo de los niños.»
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Su mujer y sus hijos dormían en la tienda, a treinta metros. Pero la cabeza, a las tres de la mañana, no razona: obedece. Y Sergio echó a andar hacia recepción.

«Sergio. Parcela ciento catorce. Le estamos esperando.»
El segundo aviso ya no sonó a rutina. Sonó a que sabían que había echado a andar.
La recepción estaba a oscuras. El cartel de cerrado colgado por dentro, el mostrador vacío, y detrás del cristal, en su soporte, el micrófono de la megafonía. Quieto. Con la funda puesta.
«Ya casi está usted aquí, Sergio. Empuje la puerta. Está abierta.»
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La voz salió de los altavoces de fuera mientras él miraba el micrófono enfundado, sin nadie delante. Y la puerta, que cada noche cierran con llave, se movió un centímetro cuando la rozó el viento.
Sergio no la empujó. Volvió a la parcela andando, sin correr, porque correr era admitir lo que estaba pasando, y se metió en la tienda con los suyos hasta que amaneció.
Por la mañana preguntó en recepción. La chica le enseñó el sistema: la megafonía se corta a las once con todo lo demás. Esa noche nadie había dado ningún aviso. Nadie podía.
«No es usted el primero al que llaman, hijo. Casi todos hacen lo que usted: quedarse en la puerta y volverse. Los que la empujan... esos recogen al día siguiente y no vuelven. Y no cuentan por qué.»
Así que si acampas este verano y una megafonía dice tu nombre de madrugada, recuerda esto: las recepciones cierran a las once. Quien te espera a las tres no trabaja allí. No acudas. Y si acudes, no empujes la puerta.
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