Basado en un caso real
La misteriosa epidemia de baile de Estrasburgo
Estrasburgo (Bajo Rin)
En el verano de 1518, una mujer comienza a bailar sin descanso en Estrasburgo. Pronto, otros se unen a una danza inexplicable.

Estrasburgo, verano de 1518. El calor caía como una mortaja sobre las calles empedradas. En la quietud de una plaza vacía, una mujer, Elara, dio un paso. Su cuerpo se movió, no con la alegría de la danza, sino con la sacudida de un títere al que le tiran de los hilos.
Elara no paraba. Ni para beber, ni para descansar. Sus pies, ya en carne viva, golpeaban la piedra sin cesar. La gente se arremolinaba, susurrando. No había regocijo en sus miradas, solo un miedo creciente que se aferraba como la hiedra a los muros.
Llamaron al hermano Matthias. Vio a Elara, sus movimientos ahora frenéticos, su rostro una mueca de dolor. Intentó hablarle, razonar con ella, pero sus palabras se perdieron en el vacío. Él no vio locura, sino una enfermedad profunda, un abismo que se abría en el alma.
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Pasaron los días y Elara ya no estaba sola. Uno a uno, otros se habían unido a ella. La plaza era ahora una masa retorcida de cuerpos, bailando al compás de un ritmo silencioso y enloquecedor. Los susurros se habían convertido en gritos de pánico.
Desesperados, los magistrados de la ciudad siguieron el consejo de los médicos: la cura era "más baile". Despejaron los salones de los gremios, contrataron músicos y trataron de convertir la plaga en una fiesta, una parodia grotesca de la alegría.
La "cura" fue una catástrofe. La música solo pareció alimentar el frenesí. Los cuerpos de los bailarines se rompían. Se desplomaban por el agotamiento, con el corazón rendido. La alegre melodía chocaba horriblemente con los sonidos del sufrimiento.
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El hermano Matthias se movía entre la multitud, ya no como médico, sino como sacerdote. Sostenía un crucifijo de madera, ofreciendo oraciones y la extremaunción a los que caían. No podía ofrecer una cura, solo consuelo ante el abismo.
Elara seguía bailando. Era un fantasma de sí misma, esquelética y magullada. Sus ojos eran cuencas vacías de desesperación. Había bailado durante semanas. Fue la primera, y parecía que sería la última en caer.
Las autoridades revocaron su decisión. La música cesó. Los bailarines que quedaban, los pocos que habían sobrevivido, fueron llevados en carros a un santuario en las montañas, una última y desesperada apelación a un poder superior. La ciudad se sumió en el silencio.
El silencio pesaba más que la música. La plaga se desvaneció, pero el recuerdo permaneció, una mancha oscura en el alma de la ciudad. Nadie supo nunca por qué ocurrió. Fue una fiebre, una maldición, una oración sin respuesta. Una danza al borde de la tumba.
Este relato nació como un vídeo
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