Relato de ficción
La oficina de la que nadie podía salir
Once empleados brindan al terminar la jornada, pero nadie consigue cruzar la puerta abierta y los teléfonos devuelven sus propias voces.

El viernes, después del cierre trimestral, alguien descorchó una botella barata en la oficina. Eran once empleados, una planta completa de cristal y moqueta gris, y la promesa de bajar al bar de la esquina en cuanto terminaran el brindis.
«Solo cinco minutos más. Firmamos el acta, apagamos las pantallas y nos vamos.»

Pero cuando Marta empujó la puerta de emergencia, se detuvo en el marco como si hubiera recordado algo urgente. La puerta estaba abierta. Al otro lado se veía la escalera iluminada. Aun así, no cruzó.
«No puedo. No es que esté cerrada. Es que... no puedo querer salir.»
Se rieron al principio. Luego probaron todos. Uno se acercaba al ascensor y de pronto volvía por su chaqueta. Otro llegaba al pasillo y decía que había olvidado enviar un correo. Siempre una excusa perfecta, siempre ridícula.
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«Mi móvil tiene señal. Estoy llamando a seguridad... Me contesto yo.»

En todos los teléfonos sonaba la misma oficina, con un segundo de retraso. Si gritaban, sus gritos regresaban por los altavoces del techo, educados y comprimidos, como mensajes de atención al cliente.
«Buenas noches. Su solicitud de salida ha sido recibida. Tiempo estimado de respuesta: nunca.»
A las tres de la madrugada, el hambre empezó a quitarles los cargos. El director lloró por una chocolatina. La becaria ocupó su despacho. Recursos Humanos redactó normas para racionar el agua de la cafetera.

«La impresora está sacando hojas sola.»
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No eran informes. Eran frases que ninguno se atrevía a decir. Renuncié hace años, pero seguí viniendo. Mi casa ya no me espera. Si salgo, no sé quién soy. Cada hoja llevaba una firma distinta.
«Esto es un truco. Una prueba de productividad. Nadie se mueve hasta que encontremos al responsable.»
Entonces se apagaron todas las pantallas menos una. Mostraba la cámara del vestíbulo. Afuera, el guardia dormía con la cabeza sobre el mostrador. La puerta principal estaba abierta desde el principio.

«No estamos encerrados en la oficina. Estamos encerrados en la parte de nosotros que obedece.»
Marta fue la primera en caminar sin llevar bolso, sin despedirse, sin prometer que terminaría nada el lunes. En el umbral, su tarjeta de empleado cayó al suelo como un diente. Y esta vez, cruzó.
Los demás la siguieron uno a uno. Yo fui el último. Al salir, vi el edificio de enfrente: otra oficina encendida, otra gente mirando una puerta abierta sin atreverse a pasar.
Este relato nació como un vídeo
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