Relatos Extraordinarios

Relato de ficción

La oficina de la que nadie podía salir

Las puertas están abiertas y el ascensor espera, pero cada intento de salir de la oficina despierta una razón para quedarse.

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A las siete y trece, en la oficina de Sigma Nova, todos dieron por terminada la reunión trimestral. Las puertas de cristal estaban abiertas, el ascensor esperaba iluminado y la calle se veía abajo, viva, mojada por la lluvia. Nadie salió.

«Bueno, me voy antes de que vuelva el jefe con otra idea.»

Marcos caminó hasta la puerta con el abrigo en la mano. Llegó al umbral, sonrió como si hubiera olvidado algo, dio media vuelta y dejó el abrigo sobre su silla. Luego preguntó por qué todos lo miraban.

«No has salido.»

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«Claro que no. Se me ocurrió revisar un correo antes.»

Lo intentaron en grupo. Recursos humanos, contabilidad, diseño, hasta el director financiero empujando con el hombro. Pero no había fuerza que vencer. No era una pared. Era peor: al acercarse, cada uno recordaba una tarea urgente, una culpa pequeña, una razón perfecta para quedarse.

«Llamen a seguridad.»

Los teléfonos tenían señal. Seguridad contestó desde recepción, al otro lado del cristal. Decían verlos perfectamente. Decían que la puerta estaba abierta. Y en la cámara, según ellos, la oficina aparecía vacía desde hacía veinte minutos.

«Esto es histeria colectiva. Mañana nos reiremos.»

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Pero no llegó mañana. Los relojes pasaron de las once a las once otra vez. Las luces no se apagaron. La máquina de café siguió moliendo granos aunque el depósito estaba seco, y cada taza salía con el nombre de alguien escrito en espuma.

«La mía dice: despido.»

Entonces revisaron los cajones. Todos encontraron una carta sin abrir, fechada para ese mismo día. No eran despidos. Eran renuncias. Cada una firmada con su propia letra, explicando que preferían quedarse en la oficina antes que volver a casa.

«Yo jamás escribí esto.»

El becario fue el único que no tenía carta. Se acercó al umbral y lo cruzó sin resistencia. Desde fuera, golpeó el cristal, desesperado, porque ya no veía a sus compañeros. Solo veía una planta de oficinas apagada, abandonada desde hacía años.

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