Relatos Extraordinarios

Relato de ficción

La recta de Valdemora: el pueblo perdido de Soria

Soria

Una madrugada, Marcos oye una jota en la radio y descubre un pueblo iluminado junto a una recta de Soria donde nada parece avanzar.

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En la provincia de Soria hay una carretera tan recta que, de noche, parece no acabar nunca.

La llaman la recta de Valdemora, aunque Valdemora no aparece en ningún mapa desde hace más de cincuenta años.

Dicen que, si pasas por allí después de las tres, la radio del coche empieza a buscar emisoras sola.

Primero suena estática. Luego una jota antigua, muy baja, como si viniera de una fiesta celebrada al otro lado de una pared.

A Marcos le pasó volviendo de Zaragoza, una madrugada de enero, con el parabrisas lleno de escarcha y el móvil sin cobertura.

«Venga ya… ¿de dónde sale música aquí?»

Entonces vio luces a lo lejos. No farolas. Ventanas. Un pueblo entero encendido en mitad de la llanura.

Había una plaza, una iglesia pequeña y gente bailando bajo guirnaldas de bombillas. Todos iban vestidos como en una fotografía vieja.

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«Muchacho, aparca ahí. Esta noche celebramos que volvió la carretera.»

Marcos quiso reírse, pero nadie parpadeaba. Ni los músicos. Ni los niños. Ni el perro que lo miraba sentado junto al pozo.

Una mujer le ofreció un vaso de vino. En el cristal vio reflejado su coche… cubierto de polvo, sin ruedas, como si llevara años abandonado.

«¿Qué es este sitio?»

«Valdemora. El pueblo que se llevó la carretera cuando la hicieron pasar por encima del cementerio.»

La música se detuvo. Todas las caras giraron hacia él al mismo tiempo, y la anciana sonrió con una tristeza antigua.

«Cada noche dejamos ir a uno. Pero para que uno salga, otro tiene que quedarse.»

Marcos corrió hacia el coche. Al abrir la puerta, la radio ya no tocaba una jota. Tocaba su voz, grabada desde dentro.

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«No pares. Pase lo que pase, no pares.»

Aceleró sin mirar atrás. La carretera volvió a estar vacía, negra, recta, interminable.

Condujo durante casi media hora, hasta que vio otra vez las mismas luces a lo lejos. La plaza. La iglesia pequeña. Las guirnaldas encendidas. Valdemora lo esperaba exactamente donde lo había dejado.

«Ya te lo dije, muchacho. Para que uno salga, otro tiene que quedarse.»

Entonces Marcos oyó un motor. Un coche salió del pueblo dando bandazos, levantando polvo, como si el conductor hubiera visto el infierno.

Por un segundo, los faros iluminaron el rostro del hombre que huía. Lloraba. Reía. Y no se atrevía a mirar atrás.

«¡Espere! ¡No me deje aquí!»

Pero el coche desapareció en la recta, y con él se apagó una de las ventanas del pueblo. Luego otra se encendió, justo detrás de Marcos.

«Ahora ya hay sitio para ti.»

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