Relatos Extraordinarios

Relato de ficción ambientado en un lugar real

La tortuga verde en la A‑66, entre Mérida y Zafra

Autovía A-66, tramo entre Mérida y Zafra, Badajoz

Andrés y su hija ven varios coches idénticos detenidos en la A-66. Cuando deciden ayudar, una pegatina despierta sus sospechas.

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A-66, la Vía de la Plata, en el tramo entre Mérida y Zafra. Última madrugada de agosto, plena operación retorno, y Andrés lleva cinco horas al volante.

Detrás va su hija Claudia, doce años, con la mochila a los pies y sin pegar ojo. El día que cargaron la baca, ella pegó una tortuga verde en la luna de atrás para reconocer el coche en los aparcamientos.

Desde enero ya no se ponen triángulos. Cada coche lleva una baliza naranja que se planta en el techo, avisa sola a la DGT y salta en el navegador de todos los que vienen detrás.

Por eso el móvil cantó antes de que Andrés viera nada: vehículo inmovilizado, quinientos metros.

Y allí estaba. Un coche oscuro pegado al quitamiedos, las cuatro intermitentes puestas, la baca cargada y, encima, la luz naranja dando vueltas. Ni una persona alrededor.

Veinte minutos después el móvil volvió a cantar. Otro aviso, otro kilómetro, otro coche parado exactamente igual.

«Papá, ese es el mismo de antes.»

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Andrés le dijo que no. Que en agosto la autovía va llena de coches iguales, cargados igual, y que se quedan tirados a docenas. Y tenía toda la razón del mundo.

Claudia empezó a contar los avisos en voz alta, uno detrás de otro, como quien cuenta postes para no dormirse. Al quinto, Andrés dejó de contestarle.

Al sexto hizo la cuenta: seis coches tirados en el mismo tramo en menos de una hora, y por allí no había pasado ni una grúa ni una patrulla. Puso el intermitente.

Paró cien metros por detrás y bajó con Claudia, los dos pegados al quitamiedos.

«¡Oiga! ¿Se encuentra usted bien?»

Del coche solo salió el chasquido de la baliza girando sobre la baca. Naranja, negro, naranja.

Claudia se quedó clavada a tres pasos de la luna de atrás, sin decir nada.

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«Papá… esa pegatina la puse yo.»

Una tortuga verde, despegada por una esquina. Andrés se asomó a la ventanilla: las llaves puestas, el aire en marcha y la mochila de Claudia en el suelo, detrás del asiento.

Se giró hacia el arcén donde había dejado el suyo. No había luces de emergencia. No había coche. Solo la línea blanca y la autovía vacía metiéndose en la curva.

«Papá, ¿nosotros veníamos conduciendo?»

Andrés abrió la boca para decir que sí. Y lo único que le vino a la cabeza fueron los cinco coches parados que había dejado atrás sin bajar la ventanilla.

Ninguno de los dos volvió a hablar. Sobre la baca, la baliza siguió girando, avisando al siguiente que viniera por la Vía de la Plata.

Si esta madrugada vuelves a casa y ves una luz naranja parada en el arcén, míralo bien antes de pasar de largo. Porque igual el que va con prisa por la autovía no eres tú.

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