Relato de ficción
La vida entre sueños y la habitación blanca
Cada noche, Mateo oye un verso de su infancia y despierta en un hospital donde le aseguran que su vida cotidiana es un sueño.
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A Mateo le enseñaron aquel verso en el colegio: La vida es sueño. Y los sueños, sueños son. Lo repitió tantas veces que dejó de significar algo. Hasta que, a los cuarenta años, empezó a oírlo cada vez que se quedaba dormido.
«No era una voz. Era como si alguien lo leyera desde dentro de mis huesos. Primero sonaba el verso… y después venía el otro lugar.»

En ese otro lugar, Mateo despertaba en una habitación blanca, conectado a cables, con las manos arrugadas y un sabor metálico en la lengua. Una mujer con bata le decía siempre lo mismo: Tranquilo, todavía está soñando.
«Señor Mateo, no intente incorporarse. La simulación de vigilia se ha vuelto demasiado estable. Necesitamos que recuerde quién es antes de que vuelva a quedarse dormido.»
Mateo abrió los ojos en su cama, jadeando. Su esposa dormía a su lado, la ciudad respiraba tras la ventana, y todo parecía normal. Demasiado normal. El reloj marcaba la misma hora que en la habitación blanca.
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«Fui al médico. Me habló de estrés, de insomnio, de alucinaciones hipnagógicas. Pero cuando le dije la frase, se le cayó el bolígrafo.»

El médico cerró la puerta con llave. En voz baja, le contó que había otros pacientes. Todos oían el mismo verso. Todos soñaban con un hospital. Y todos habían empezado a olvidar detalles de su vida despierta.
«No se duerma esta noche. Si lo hace, puede que lo que llama realidad termine de borrarse.»
Mateo compró café, encendió todas las luces y dejó la televisión hablando sola. A las tres de la madrugada, encontró una foto que no recordaba haber tomado: él, anciano, en una cama blanca, sosteniendo un libro de Calderón.
«Entonces entendí lo peor. La frase no era una amenaza. Era una contraseña.»
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El sueño lo venció al amanecer. Esta vez, al despertar en la habitación blanca, la mujer de bata lloraba. Le dijo que llevaba años encerrado en una vida inventada para no aceptar la muerte de su esposa.
«Usted pidió quedarse allí. Pero la mente ha empezado a confundir el refugio con la cárcel. Si recita el verso completo, saldrá. Si no, volverá a empezar.»
Mateo miró sus manos viejas. Recordó a su esposa riendo en la cocina, el olor del café, la ciudad tras la ventana. Todo falso. Todo precioso. Y aun así, empezó a recitar.
«La vida es sueño… y los sueños… sueños son.»
La habitación blanca se apagó. Mateo abrió los ojos en un pupitre de colegio. Tenía diez años. La profesora escribía el verso en la pizarra. Y desde el cristal de la ventana, una mujer con bata le suplicaba en silencio que no lo leyera.
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