Relato de ficción
Las vidrieras de una aldea de Aragón
Aragón
Un restaurador descubre que las vidrieras de un templo abandonado muestran las muertes que aún esperan a los vecinos de la aldea.
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El campanario vacío vigila la aldea aragonesa, casi muda, bajo un cielo indeciso.
Cada noche, una figura distinta se arrodilla en las vidrieras góticas, rogando sin sonido.

Las casas deshabitadas parecen escuchar el cristal, como si aguardaran su próxima sentencia.
«Este templo está muerto, sus santos rotos. Solo vengo a catalogar ruinas, nada más.»
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Mientras despliega sus herramientas, observa la primera vidriera: un anciano arrodillado, manos crispadas.
Baja al pueblo; halla al mismo anciano, todavía vivo, tambaleante en la plaza.

Horas después, las campanas mudas repican dentro de su cabeza: el anciano yace muerto en su puerta.
Vuelve al templo. La vidriera ahora muestra al anciano caído, sangre detenida en cristal rojo.
Otra escena: una mujer rezando ante el altar, detrás de ella, llamas devorando bancos.
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A medianoche, la única casa habitada arde. La mujer golpea la ventana, arrodillada entre chispas.
El restaurador recorre todas las vidrieras: accidentes, enfermedades, desapariciones que el pueblo aún desconoce.
En la última, alguien fue recortado: silueta perfecta, borde frío, vacío con forma humana.
Comprende al mirarse en el cristal opuesto: la ausencia encaja exactamente con su propio cuerpo.
Entonces el vidrio cede; siente que lo absorbe. Desde fuera, la silueta queda finalmente completada.
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