Relatos Extraordinarios

Relato de ficción ambientado en un lugar real

San Borondón: la isla que solo veía el dron

Puerto de Tazacorte (Santa Cruz de Tenerife)

Desde el Puerto de Tazacorte, Rubén graba una isla invisible a simple vista, pero su dron empieza a reconocer otro punto de origen.

¿Prefieres verlo? Míralo en vídeo

Puerto de Tazacorte, en la costa oeste de La Palma. Rubén, treinta y cuatro años, sube casi cada tarde al mirador con su dron para grabar la puesta de sol.

Conoce la leyenda, claro. Aquí la conoce todo el mundo: San Borondón, la isla fantasma de Canarias, la que aparece y desaparece frente a esta costa. Los mapas antiguos la dibujaban al oeste, y en los años cincuenta un fotógrafo local llegó a retratarla y la imagen salió en los periódicos.

«Mi padre la vio dos veces desde este mismo sitio. Y siempre decía lo mismo: esa isla no aparece. Esa isla se deja ver.»

Rubén sonreía cuando el viejo del mirador se lo contaba. Bruma, espejismos, nubes bajas sobre el mar. Aquella tarde, además, el horizonte estaba completamente limpio.

Publicidad

Elevó el dron a cien metros y encuadró el sol cayendo sobre el agua. Entonces, en la pantalla del móvil, apareció una silueta oscura en el horizonte. Levantó la vista. Ante sus ojos, el mar seguía vacío.

Volvió a mirar la pantalla. Allí estaba: acantilados altos, un valle verde y una playa de arena negra. Movió la cámara a un lado y a otro. La isla solo existía dentro del encuadre.

Tenía que ser un reflejo, una mancha en la lente. Empujó el dron mar adentro para comprobarlo. Un kilómetro. Dos. La imagen no se deshacía; ganaba nitidez.

A tres kilómetros de la costa bajó la vista al panel de datos. Batería al cuarenta por ciento. Altura, cien metros. Distancia al punto de despegue: cero metros.

Reinició la aplicación y el dato volvió idéntico. Cero metros. Como si el dron no se hubiera movido nunca. Como si hubiera despegado de aquella playa que crecía en la pantalla, negra y lisa, sin una sola pisada.

Publicidad

La batería marcó quince por ciento, y Rubén hizo lo que habría hecho cualquiera: pulsó el botón de volver a casa.

El dron giró. Pero no hacia él. Se alejó mar adentro, descendiendo despacio hacia la playa, mientras la pantalla anunciaba: aterrizando en el punto de despegue.

«No, no, no. Gira. ¡Gira!»

Los mandos no respondían. La arena negra fue subiendo hasta llenar el encuadre, y lo último que llegó antes de perder la señal fue un aviso en letras blancas: aterrizaje completado. En casa.

El dron no apareció jamás. En el historial de vuelo sigue grabada la ruta entera, con el punto de despegue marcado en mitad del océano. Si algún día tu pantalla te enseña algo que tus ojos no ven, no lo acerques. Hay una isla que solo se deja ver cuando ha decidido quedarse con algo.

Míralo en vídeo

Este relato nació como un vídeo del canal. Cada semana publicamos historias nuevas.

▶ Verlo en TikTok▶ Verlo en Instagram▶ Verlo en Facebook

Síguenos en TikTok, Instagram, Facebook y YouTube. Las ilustraciones son recreaciones, no fotos del lugar.

Publicidad

Más relatos cerca de aquí