Relatos Extraordinarios

Relato de ficción ambientado en un lugar real

El aviso de la bodega dos en el ferry a Palma

Barcelona

En el ferry de Barcelona a Palma, Raúl oye un aviso que lo llama a una bodega cerrada, aunque la megafonía está apagada.

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«Se ruega al pasajero Raúl Medina que acuda a la bodega dos. Su vehículo tiene las luces encendidas.»

Raúl Medina oyó ese aviso a las tres y diez de la madrugada, a bordo del ferry nocturno de Barcelona a Palma. Y estaba seguro de haber apagado las luces.

Unas horas antes, en el puerto de Barcelona, llovía. Raúl subió su coche gris al barco, lo aparcó en la bodega dos, apagó las luces y lo comprobó dos veces.

A su lado aparcó un Fiat rojo. Lo conducía una chica con un chubasquero amarillo. Se llamaba Nuria, y le tocaba la butaca de al lado.

Antes de subir a cubierta, un marinero avisó a todos los conductores: durante la travesía, las bodegas se cierran con llave. Nadie puede bajar hasta llegar a Palma.

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A las tres y diez, la sala de butacas estaba a oscuras. Casi todos dormían. Entonces sonó el aviso con su nombre.

El altavoz estaba justo encima de su fila. Pero nadie abrió los ojos. Ni el hombre que roncaba delante, ni Nuria, a medio metro de él. Raúl fue a recepción.

«A estas horas la megafonía está apagada. Y las bodegas, cerradas. Ahí abajo no hay nadie.»

Raúl volvió a su butaca. Se dijo que era el cansancio, que lo había soñado. Se tapó con la chaqueta y cerró los ojos.

«Raúl Medina. Le estamos esperando en la bodega dos.»

Raúl se incorporó de golpe. A su alrededor, nadie se movía. No bajó. Se quedó sentado, con los ojos abiertos, hasta que el sueño pudo con él.

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Al amanecer, un ruido lo despertó. Nuria estaba de pie, poniéndose el chubasquero amarillo.

«Me acaban de llamar por megafonía. Dicen que mi coche tiene las luces encendidas.»

Raúl no había oído nada. Le pidió que no bajara, que la megafonía estaba apagada. Nuria sonrió, como si exagerara, y se alejó por el pasillo.

Raúl corrió a recepción. El sobrecargo bajó con él hasta la puerta de la bodega dos. Seguía cerrada con llave. Cuando Raúl volvió, la butaca de Nuria estaba vacía.

A las siete, el barco atracó en Palma y abrieron las bodegas. Los coches fueron saliendo uno a uno. Junto al de Raúl, el Fiat rojo seguía allí, con las luces encendidas.

Nuria estaba al volante, con el chubasquero amarillo. No se movió cuando los marineros golpearon el cristal. Tenía los ojos abiertos y las manos en el volante.

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