Relato de ficción ambientado en un lugar real
El colchón de la azotea cerrada de Écija
Écija (Sevilla)
Durante las noches de calor en Écija, Álvaro observa un colchón que amanece deshecho en una azotea a la que nadie puede subir.
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Écija, la sartén de Andalucía. Agosto, ola de calor, y noches en las que el termómetro no baja de treinta y dos. Álvaro había vuelto a la casa familiar a pasar dos semanas, y la casa no tenía aire acondicionado.
Así que hizo lo que se ha hecho toda la vida en estos pueblos, lo que hacían sus padres antes de que existieran los aparatos: sacar el colchón al terrao y dormir al sereno, bajo las estrellas.

Desde su azotea se veía media manzana. La de Paqui, llena de macetas. La del bar, con sus cajas apiladas. Y en la esquina, la casa apuntalada, cerrada desde que Álvaro era niño, con la escalera interior hundida y la puerta tapiada con bloques.
La primera noche, al tumbarse, lo vio. En la azotea de la casa apuntalada había un colchón. Viejo, a rayas, con su sábana puesta y su almohada. Perfectamente hecho. Como esperando a alguien.
Al día siguiente lo preguntó en el bar, medio en broma. El dueño no se rio.
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«Ese colchón lleva ahí toda la vida. Nadie lo subió y nadie lo va a bajar.»

Esa noche, Álvaro se despertó de madrugada con la boca seca. Y al incorporarse a por la botella de agua, miró la esquina. El colchón ya no estaba hecho. La sábana apartada a un lado, la almohada torcida, como cuando alguien se levanta con calor.
La tercera noche lo comprobó a conciencia. Antes de dormirse: hecho. A las cuatro de la mañana: deshecho. Alguien dormía allí todas las noches. En una casa sin escalera, tapiada con bloques.
Álvaro pensó lo más sensato: un okupa discreto que cruzaba saltando de azotea en azotea. Así que la noche siguiente decidió no dormirse. Se quedó quieto sobre su colchón, con la esquina en el campo de visión.
Pasó la una, pasaron las dos. Nadie cruzó ningún pretil, nadie saltó ningún muro. Y sin embargo, en algún momento entre un parpadeo y el siguiente, el colchón de la esquina ya estaba ocupado. Un bulto largo bajo la sábana, que subía y bajaba muy despacio, como el pecho de alguien profundamente dormido.
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Álvaro no se movió en lo que quedó de noche. Y con la primera luz, en otro parpadeo que no pudo evitar, la esquina volvió a estar vacía. La sábana lisa. La almohada recta. Hecho otra vez.
Por la mañana bajó a casa de Paqui con cualquier excusa, y acabó preguntando por la casa apuntalada. La vieja dejó la regadera en el suelo antes de contestar.
«Ahí vivía la Encarna. Durmió en ese terrao todos los veranos de su vida. Una noche de agosto, con una calor como esta, se quedó dormida y ya no despertó.»
La casa se cerró con todo dentro. La escalera acabó hundiéndose sola. Pero nadie, en todos estos años, se ha atrevido a subir a bajar aquel colchón.
Álvaro siguió durmiendo al sereno el resto del verano. Y cada mañana, antes de recoger su sábana, miraba la esquina. Siempre estaba hecho. Como lo había dejado ella cada amanecer, durante toda una vida.
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