Relatos Extraordinarios

Relato de ficción ambientado en un lugar real

El nadador de la piscina de El Llano, en Gijón

Piscina municipal de El Llano, Gijón (Asturias)

Lucía cree nadar sola a las siete, hasta que un hombre de gorro blanco empieza a copiar cada brazada sin salir a respirar.

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Piscina municipal del Llano, en Gijón, siete de la mañana. Lucía nadaba a diario antes de entrar a trabajar: cuarenta largos en la calle cinco, siempre la misma, y a la ducha.

Un martes de julio llegó la primera. El agua estaba quieta, el vestuario vacío, y sin embargo alguien nadaba ya en la calle seis. Gorro blanco, gafas oscuras, una brazada larga que no hacía ruido.

Al segundo largo se dio cuenta de algo raro. El de la calle seis llevaba su ritmo. No uno parecido: el suyo. Brazada por brazada, como si nadaran atados por un hilo.

Lucía aflojó para dejarlo pasar. El otro aflojó en el mismo metro, en el mismo segundo. Aceleró un poco. El gorro blanco aceleró con ella.

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Y había algo más, algo que tardó veinte largos en admitir: no lo había visto respirar ni una sola vez. Ni sacar la cabeza, ni pararse. Los virajes los hacía dando la vuelta antes de llegar, sin tocar nunca la pared.

A Lucía le pudo el orgullo. Había competido de joven, y aquello empezaba a parecer un desafío. Así que en los dos últimos largos se vació: sprint a todo lo que daban los brazos.

Tocó la pared primero. Se arrancó las gafas, levantó la cabeza buscando al de la calle seis, con la respiración rota y una sonrisa de haber ganado.

La calle seis estaba vacía. El agua plana, sin una sola onda, como si allí no hubiera nadado nadie en toda la mañana.

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«Buen sprint. Aunque no sé a quién querías ganar. Llevas nadando sola desde que has entrado.»

El socorrista señaló con la barbilla hacia la escalera. Y era verdad: la corchera de la calle seis ni siquiera estaba puesta. Llevaba todo el verano recogida en su carrete, fuera del agua.

Lucía se lo describió allí mismo, chorreando junto al poyete: el gorro blanco, las gafas oscuras, y esos virajes extraños, girando siempre un metro antes de llegar, sin tocar el azulejo.

«La corchera la quitamos en junio, porque se partió un anclaje y no lo han arreglado. Pero nadie quiere esa calle desde antes. Un socio de toda la vida se quedó a mitad de largo, nadando solo, a esta misma hora. El corazón. No llegó a la pared.»

Lucía miró el agua quieta de la calle seis y entendió los virajes. Gira antes de llegar porque nunca llegó. Sigue nadando a las siete, pero ahora, en el último largo, baja el ritmo. Por si alguien necesita llegar con ella.

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