Relato de ficción ambientado en un lugar real
El paquete firmado por Irene Solís en Gijón
Gijón (Asturias)
Irene recibe un aviso de entrega mientras trabaja en Gijón. Al llegar a casa, encuentra una caja vacía y una firma que no puede explicar.
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«Pedido entregado. Firmado por: Irene Solís». Irene leyó la notificación un jueves a las 11:40, detrás del mostrador de una panadería de Gijón.
Eran unas zapatillas que había comprado por internet. Irene resopló. Otro repartidor que marca «entregado» sin molestarse en subir.

A las tres llegó a casa. En el buzón no había nada. Pero el pijama gris que por la mañana había dejado doblado sobre la almohada estaba deshecho encima de la cama.
Irene pensó que lo habría dejado así con las prisas. Hasta que fue a tirar la basura. En el cubo del reciclaje, bajo el fregadero, había una caja de zapatillas abierta, vacía y con una esquina hundida.
Solo ella y el casero tenían llave. El casero vivía en Oviedo, y por teléfono le juró que llevaba meses sin pisar Gijón.
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Esa tarde, Irene fue a la oficina de Correos. El cartero que había hecho el reparto era nuevo en la zona. Se presentó como Rafa y le enseñó la pantallita donde se firma.

Era la firma de Irene. Con la misma curva que ella hace siempre en la ese de Solís.
«Yo no he firmado eso. A esa hora estaba trabajando.»
«Me abrió usted. En pijama gris.»

Esa noche, Irene no pegó ojo. El viernes por la mañana llamó a la panadería, dijo que estaba enferma y se sentó en el pasillo, frente a la puerta. Quería ver con sus propios ojos quién entraba en su casa.
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A las 11:40 sonó el telefonillo. Irene abrió el portal y escuchó los pasos subiendo la escalera. Era Rafa, con una caja bajo el brazo.
«Rafa, soy yo. Ayer hablamos en la oficina.»
«Perdone… ¿nos conocemos?»

Rafa le tendió la pantallita. Irene firmó. Arriba aparecía la hora, 11:40, pero el día no era viernes. Era jueves.
Rafa le entregó la caja de las zapatillas. Nueva, cerrada, con una esquina hundida. Irene abrió el armario del fregadero. El cubo del reciclaje estaba vacío.
Entonces bajó la vista. Llevaba puesto el pijama gris. El mismo que, a las tres, otra Irene encontraría deshecho sobre la cama.
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