Relatos Extraordinarios

Relato de ficción ambientado en un lugar real

El nombre grabado en el castillo del Montgrí

Castillo del Montgrí, Torroella de Montgrí (Girona)

Rubén sube al castillo del Montgrí con su hija y encuentra su nombre junto a la fecha de ese día, grabados en una piedra envejecida.

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L'Estartit, dieciocho de agosto. El paseo lleno, las islas Medes recortadas en el agua y, justo encima del pueblo, en lo alto del macizo, el castillo del Montgrí.

Rubén llevaba cuatro días viéndolo desde la sombrilla: de día, una silueta de piedra; de noche, iluminado sobre el pueblo. Su hija Ona, doce años, quería ver las islas desde arriba, así que aquella tarde, sobre las siete, cogieron el camino que sube desde el aparcamiento de Torre Ponsa.

En la entrada del sendero se cruzaron con un hombre mayor que bajaba con un perro atado corto. Se paró al verlos empezar a subir.

«Arriba no hay nada, solo paredes. Y nombres grabados. Si encontráis el vuestro, no lo toquéis.»

Rubén le dio las gracias y siguió cuesta arriba, con el mar abriéndose a su espalda en cada curva. Cuarenta minutos después estaban en la puerta del castillo.

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El castillo del Montgrí es una cáscara. Cuatro muros, sus torres y, dentro, nada: ni techo, ni suelo, ni una sola habitación. Setecientos años y nunca llegaron a terminarlo. Eso lo sabe cualquiera que haya subido.

Lo que sí hay es piedra escrita. Cientos de nombres grabados unos encima de otros, con fechas de hace veinte, cuarenta, sesenta años. Ona empezó a leerlos en voz alta mientras daba la vuelta al muro.

«Papá, ven. Aquí estás tú.»

A la altura de su cintura, en letras grandes y torcidas, ponía Rubén. Y justo debajo, la fecha: dieciocho del ocho.

«Habrá subido otro Rubén esta mañana, cariño. Es un nombre de lo más común.»

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Pero esas letras no eran de aquella mañana. Tenían los bordes comidos y líquen seco metido en los surcos, igual que las de los años setenta que había al lado.

Rubén sacó la llave del apartamento y se puso a rascar. No quería dejar aquello ahí, y menos con Ona delante. Rascó fuerte, con el filo, hasta que le dolió la mano.

La piedra se deshizo en polvo blanco y las letras salieron más hondas, más limpias, como recién hechas. Rubén se guardó la llave, cogió a Ona de la mano y bajaron sin hablar.

A las once de la noche cenaban en una terraza del paseo, con el castillo encendido allá arriba, visible desde cualquier punto de la playa.

«Papá, hay alguien ahí arriba.»

En el hueco de la puerta, contra la luz, había una figura de pie, quieta, mirando hacia el pueblo. Así que si subes alguna vez al Montgrí y encuentras tu nombre grabado en esa pared, déjalo donde está. Los nombres que hay dentro no los borra nadie.

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