Relato de ficción ambientado en un lugar real
El nombre perdido en la nocturna de Sevilla
Sevilla
Sara levanta la mano cuando alguien la anima con otro nombre en una carrera nocturna de Sevilla. Desde entonces, nadie parece reconocerla.
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Sevilla, una noche de septiembre. La carrera nocturna sale a las nueve y media desde la orilla del río, con diez mil personas metidas en la misma calle.
Sara Bermejo, treinta y tres años, la corre por quinta vez. Su hermano Damián no corre nunca. La espera en la meta.

La espera con el mismo cartón de todos los años, escrito a rotulador y con las esquinas ya blandas. Pone "SARA, VUELA".
En las carreras grandes te imprimen el nombre encima del número. Así la gente de las vallas puede animarte aunque no te conozca de nada.
Y tú levantas la mano sin mirar, para darles las gracias. Lo hace todo el mundo. Sara lo lleva haciendo cinco años.
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Entre corredores hay una superstición vieja: si te animan con un nombre que no es el tuyo, no levantes la mano. Sara la había oído mil veces en la línea de salida y nunca le hizo caso.

Sonó la bocina. Los primeros kilómetros van pegados al río, entre gritos que no paran. Ana. Curro. Sara. Y ella iba levantando la mano, uno detrás de otro, sin mirar a quién.
En el kilómetro siete, pasado el puente, una niña subida a la valla le gritó directamente a ella. Se la oyó por encima de todo lo demás.
«¡Vamos, Elena! ¡Que ya lo tienes, Elena!»

Sara llevaba siete kilómetros dando las gracias con la mano. La levantó antes de entender lo que acababa de oír.
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A partir de ahí, todas las vallas gritaron lo mismo. Elena en el ocho. Elena en el nueve. Buscó a su lado a otra corredora con su mismo pelo, con un dorsal parecido. No había nadie.
«Yo no me llamo Elena. Me llamo Sara. Sara Bermejo.»
Cruzó la meta en cincuenta y dos minutos. Damián estaba donde siempre, a la derecha del arco, con el cartón en alto.

Sara se paró delante de él, a un metro escaso. Damián miró por encima de su cabeza, hacia los que seguían entrando por el arco.
«¡Vamos, Sara! ¡Que ya lo tienes, Sara!»
Si alguna noche corres y te animan con un nombre que no es el tuyo, aguanta la mano abajo. Ese ánimo es para otra persona. Y lo que se paga por cogerlo es el tuyo.
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