Relato de ficción ambientado en un lugar real
El pasajero sin cinturón del Puerto de Herrera
Puerto de Herrera, Samaniego (Álava)
Ane conduce sola cada domingo hacia Laguardia, pero Tráfico le multa por llevar a un copiloto sin cinturón. En la foto hay un hombre con txapela.
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Puerto de Herrera, en Álava, un domingo de finales de octubre. Ane sube cada semana desde Vitoria-Gasteiz para comer con su madre en Laguardia. Va sola, con el bolso en el asiento del copiloto y la radio baja.
Arriba, en el Balcón de La Rioja, siempre para un minuto a mirar las viñas, que en otoño se ponen rojas. Y en la primera curva de la bajada saluda a una cruz de hierro con flores de plástico. Lleva ahí desde que ella era niña.

Diez días después le llegó una carta de Tráfico. Doscientos euros de multa: ocupante del asiento delantero sin cinturón de seguridad. Y una petición: identifique al pasajero en veinte días.
Ane pensó en un error de matrícula, en un coche clonado. Pidió la foto por internet. Era su coche gris y era ella al volante. Y a su lado, donde siempre va el bolso, un hombre mayor con txapela, mirando fijamente a la cámara.
«Será un reflejo del cristal. O el bolso, que con el sol parece cualquier cosa.»
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Esa noche bajó al garaje a comprobarlo. El asiento del copiloto estaba echado hacia atrás del todo, como para extender las piernas. Ane nunca lo toca.

El domingo siguiente dejó el bolso en el asiento de atrás, para estar segura. En el Balcón de La Rioja no paró. Y aun así, al empezar la bajada, en el salpicadero se encendió el aviso del cinturón del copiloto.
Ese pitido solo salta cuando el sensor nota peso en el asiento. Ane miró a su derecha. No había nadie. Pero el cojín estaba hundido, como cuando alguien se sienta.
«Para lo que queda, no me lo pongo.»

Ane frenó en el arcén, junto a la cruz de hierro, y por primera vez se bajó a mirarla. Entre las flores de plástico había una foto descolorida: un hombre mayor con txapela. Y un nombre: Félix, mil novecientos ochenta y siete.
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Esa tarde, en Laguardia, se lo contó a su madre. Begoña se quedó un rato callada, con la cuchara en la mano.
«Félix, el de Samaniego. Se salió en esa curva volviendo de la vendimia. Iba de copiloto y sin cinturón. Decía que para cuatro kilómetros no hacía falta.»
A la vuelta, al llegar a la cruz, el pitido empezó otra vez. Ane paró el coche, estiró el brazo y abrochó el cinturón del copiloto sobre el asiento vacío.

El cinturón no quedó pegado al respaldo. Se quedó tenso, en el aire, cruzando el pecho de alguien que no estaba. Y el pitido se calló.
«Ya está, Félix. Son solo cuatro kilómetros.»
En el papel de Tráfico, donde pedían el nombre del pasajero, Ane escribió «Félix». No le han llegado más multas. Pero cada domingo, en la primera curva de la bajada, el cinturón del copiloto se tensa de golpe. Como si alguien, por fin, se agarrara fuerte.
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