Relato de ficción ambientado en un lugar real
El último cercanías hacia Colmenar Viejo
Línea C-4 de Cercanías, Colmenar Viejo (Madrid)
David viaja solo en el último vagón cuando dos dedos le tocan el hombro. No ha oído pasos ni puertas, pero alguien espera detrás.

El último cercanías de la línea C-4 sale hacia Colmenar Viejo pasada la medianoche. A esa hora los vagones van casi vacíos, y a partir de Tres Cantos, cuando se baja la poca gente que queda, el tren se convierte en un pasillo de luz corriendo por el campo a oscuras.

Ahí iba David una noche de febrero, solo en el último vagón, volviendo de cerrar el bar donde trabajaba. Los cascos muertos, el móvil sin batería, la frente apoyada en el cristal. Contaba las paradas medio dormido.
Y entonces lo notó. Dos dedos, en el hombro derecho. Un toque corto, claro, de mano. El detalle es que David no había oído abrirse ninguna puerta. Ni pasos por el pasillo. Nada.
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«¿Sí...? Perdone, ¿el billete?»

Pensó en el revisor. Pensó en un amigo gastándole una broma. Pensó cualquier cosa menos la verdad, que era que no debía girarse. Pero eso David no lo sabía. Nadie se lo había dicho. Así que se giró.
Había un hombre pegado a su asiento. Un hombre con cara de llevar mucho tiempo sin dormir hacia atrás, con el abrigo colgando como de una percha. Las miradas se cruzaron apenas un segundo. Con eso bastó.
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El hombre no dijo nada. Recorrió el vagón hasta la puerta y, mientras el tren frenaba en la siguiente estación, hizo algo rarísimo: se volvió a mirar por encima del hombro. Despacio. Saboreándolo. Como quien estrena un gesto que llevaba años prohibido.
«Oiga... ¡Oiga! ¿Qué me ha hecho? ¿¡Qué era eso!?»

El andén se tragó al hombre y el tren siguió su camino. Y David, quieto en su asiento, entendió sin palabras que ahora había algo justo detrás de él. Que iba a estar ahí mañana, y pasado. Y que, hiciera lo que hiciera, ya nunca más podría comprobarlo.
Si alguna noche te quedas solo de verdad, en un tren, en un pasillo, donde sea, y notas dos dedos tocándote el hombro por la espalda — no te gires. Da igual quién creas que es. Mirando no se gana nada. Solo hay alguien muy cerca, esperando exactamente eso.
Este relato nació como un vídeo
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