Relato de ficción ambientado en un lugar real
Tres golpes de madrugada en una finca de Chamberí
Chamberí, Madrid
Marta pasa agosto sola en su edificio de Chamberí, hasta que una mujer empieza a llamar cada madrugada a la puerta de un piso vacío.
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En agosto, el edificio de Marta se queda vacío. Persianas bajadas, buzones que nadie recoge, coches que desaparecen del garaje. Ella es la única que no se va: tiene una entrega a final de mes y trabaja desde casa.
Es una finca antigua de Chamberí, en Madrid, de las de portal con llave. El portero libra todo el verano, así que solo hay dos maneras de entrar: tener llave, o que un vecino te abra desde arriba con el telefonillo.

La primera semana durmió mejor que en todo el año. Hasta la madrugada del martes, cuando la despertaron tres golpes lentos al otro lado del rellano. Miró el móvil: las tres menos cuarto.
No llamaban a su puerta, sino a la de enfrente. Y eso era lo extraño, porque el piso de enfrente lleva vacío desde marzo, desde que se llevaron a don Julián a una residencia.
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Marta se acercó a la mirilla. La luz automática del rellano estaba apagada, pero distinguió una figura: una mujer mayor, de espaldas, con una bata clara y la mano apoyada en la puerta de don Julián.
Volvió a golpear. Tres veces, sin prisa. Después bajó el brazo y se quedó inmóvil frente a la puerta cerrada, esperando, como si dentro hubiera alguien que tardara en abrir.

Fue al volver a la cama cuando Marta cayó en el detalle. El telefonillo no había sonado. Nadie había abierto el portal. Aquella mujer no había entrado desde la calle.
La noche siguiente ocurrió otra vez, a la misma hora exacta. La misma bata clara, los mismos tres golpes pacientes en un piso donde ya no vivía nadie.
La tercera noche, Marta esperó despierta junto a su puerta, con el móvil apretado en la mano. Cuando empezaron los golpes, acercó la cara a la madera y preguntó casi sin voz.
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«¿Quién es?»
Los golpes se cortaron en seco, a mitad del tercero. Durante un minuto largo no se oyó nada al otro lado. Luego, unos pasos cruzaron el rellano muy despacio. No iban hacia la escalera.
Marta no volvió a mirar por la mirilla. Retrocedió por el pasillo, echó el pestillo del dormitorio y esperó el amanecer sentada en la cama, con la luz encendida.
A la madrugada siguiente, los golpes volvieron a las tres menos cuarto. Tres, lentos, iguales que siempre. Solo que esta vez no sonaban en la puerta de don Julián.
Se repitieron cada noche, hasta que septiembre devolvió las luces y las voces al edificio. Entonces cesaron. Si una madrugada de agosto llaman a tu puerta y el telefonillo no ha sonado antes, piénsatelo antes de preguntar quién es.
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