Relatos Extraordinarios

Relato de ficción ambientado en un lugar real

La caja sin dueño de la lonja de Celeiro

Viveiro (Lugo)

En la lonja de Celeiro, Iago compra una caja que nadie quiere y descubre que lleva el nombre de un barco hundido nueve años atrás.

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Lonja de Celeiro, en el puerto de Viveiro, Lugo. Cuatro y media de la madrugada, subasta de merluza del pincho. Si comes pescado en media España, es fácil que haya pasado por esa nave.

Iago llevaba dos semanas comprando para un restaurante de Ribadeo. Todavía se estaba haciendo al sistema: la pantalla marca un precio que va bajando, y el primero que pulsa el mando se lleva la caja.

Aquella madrugada, al fondo de la nave, quedó una caja sola. Poliespán blanco, hielo recién picado, y ningún registro en el listado de descargas. Nadie sabía de qué barco había bajado.

La dejaron para el final. El precio empezó a caer. Diez euros el kilo. Ocho. Cinco. Los veteranos miraban al suelo, con el mando guardado en el bolsillo.

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«Deja que llegue a cero, rapaz. Hay cajas que no se compran.»

Pero Iago era nuevo, iba justo de margen, y una merluza a ese precio no se ve dos veces en la vida. Cuando la pantalla marcó dos con veinte, pulsó.

La nave entera se quedó en silencio. El subastador le tendió el albarán sin mirarle a la cara, y los demás compradores empezaron a recoger como si de pronto tuvieran mucha prisa.

En la etiqueta de la caja, escrito a mano, venía el nombre del barco: Punta Roncadoira. Iago lo buscó en el móvil mientras cargaba la furgoneta.

El Punta Roncadoira se hundió hace nueve años frente a esa misma costa, una noche de temporal. Iban seis hombres a bordo. El mar solo devolvió a dos.

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Y sin embargo, el pescado era el más fresco que Iago había tocado nunca. Ojos limpios, agallas rojas, el lomo tieso, como sacado del agua una hora antes.

Fue en el restaurante, al vaciar la caja, cuando lo encontró. Bajo la última capa de hielo, empapada en agua de mar todavía fría, había una cinta de plástico con seis nombres escritos. Cuatro estaban sin tachar.

«Llamé a la lonja para devolverla. Me dijeron que esa madrugada solo constaban veinte lotes subastados. El mío hacía veintiuno.»

En Celeiro, los viejos lo cuentan bajito. Cada pocos inviernos baja una caja que ningún barco ha descargado. Dicen que no viene a vender. Que viene a ver quién la reclama.

Así que si alguna madrugada, en una lonja del norte, ves una caja que no aparece en el listado y un precio que cae sin que nadie lo pare, guarda el mando y deja que llegue a cero. Lo que va dentro no se compra. Se acepta.

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