Relato de ficción ambientado en un lugar real
El mojón de los 8,5 km en el Camino de Santiago
Camino de Santiago entre O Pedrouzo y Santiago, Santiago de Compostela (A Coruña)
Álvaro camina hacia Santiago con una piedra de su padre, pero un mojón y una peregrina se repiten cada diez minutos.
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Última etapa del Camino de Santiago: de O Pedrouzo a la catedral. Veinte kilómetros entre eucaliptos. Cada medio kilómetro, un mojón de piedra con la concha amarilla y los kilómetros que faltan.
Álvaro lleva dos semanas caminando desde León. En la mochila carga una piedra del huerto de su padre. Iban a hacer el Camino juntos. Su padre murió en marzo.

Los peregrinos traen una piedra de casa para dejarla en la Cruz de Ferro, en los montes de León. Álvaro llegó a la cruz, sacó la piedra... y no fue capaz de soltarla.
Esta mañana, en mitad del bosque, pasa junto al mojón que marca 8,5 kilómetros. Encima, como en casi todos, hay piedrecitas que han ido dejando otros peregrinos.
Una mujer con una mochila roja lo adelanta y le sonríe.
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«Buen Camino.»
Diez minutos después, otro mojón: 8,5 kilómetros. Álvaro piensa que lo han repetido por error. Pero entonces, la mujer de la mochila roja vuelve a adelantarlo. Por detrás. Con la misma sonrisa y el mismo «Buen Camino».
Álvaro ata su pañuelo amarillo al mojón y le hace una foto con el móvil. Luego sigue andando, más deprisa.
A los diez minutos, otro mojón. 8,5. Y atado a la piedra, su pañuelo amarillo.

«Vale. Me he metido en un desvío y he dado la vuelta sin darme cuenta. Vuelvo por donde he venido y ya está.»
Caminó hacia atrás media hora. Y apareció otra vez el mismo mojón, con el mismo pañuelo. Hacia delante o hacia atrás, el bosque siempre lo devolvía allí.
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Álvaro se sentó junto al mojón, agotado. Miró las piedrecitas que otros habían dejado encima. Y pensó en la Cruz de Ferro.
Sacó la piedra del huerto de su padre y la dejó con las demás, encima del mojón.
«Hasta aquí te traigo, papá. Lo que falta lo camino yo.»

Se levantó y siguió andando. Diez minutos después, un mojón nuevo: 8 kilómetros. La mujer de la mochila roja no volvió a aparecer.
Esa tarde, en la plaza del Obradoiro, Álvaro abrió la foto que había hecho al mojón por la mañana. El pañuelo amarillo. Las piedrecitas de los peregrinos.
Y encima de todas, la piedra del huerto de su padre. Horas antes de que él la sacara de la mochila.
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