Relatos Extraordinarios

Relato de ficción ambientado en un lugar real

La huella del tercer pilar del acueducto de los Milagros

Acueducto de los Milagros, Mérida (Badajoz)

Cada amanecer, una mano húmeda aparece en un pilar del acueducto de los Milagros, y Álvaro empieza a oír agua en su canal seco.

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Mérida, finales de julio, seis y media de la mañana. Álvaro corría cada día junto al acueducto de los Milagros, ochocientos treinta metros de arcos de granito y ladrillo que llevan quince siglos sin transportar una gota de agua.

Tenía una manía de corredor: terminar siempre tocando el mismo pilar, el tercero contando desde el río Albarregas. La palma abierta contra la piedra fría. Llevaba haciéndolo desde su primer maratón.

Un martes, al llegar a su pilar, ya había una huella en el granito. Una mano abierta, húmeda, marcada en oscuro sobre la piedra seca. Estaba exactamente a la altura de la suya. Solo que los dedos eran un poco más largos.

Miró alrededor. El parque estaba vacío y las cigüeñas, que a esa hora siempre alborotan en lo alto de los arcos, guardaban un silencio raro sobre sus nidos. Aquel día no tocó la piedra. Siguió corriendo.

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Al amanecer siguiente la huella había vuelto, más fresca, y un hilo de agua bajaba por el pilar desde el canal de arriba. Un canal que está seco desde tiempos de Roma.

Se detuvo bajo el arco y aguzó el oído. Allá arriba, dentro de la piedra, se oía correr el agua.

Un hombre mayor que echaba pan a los pájaros lo observaba desde un banco, sin sorpresa ninguna.

«¿También la oyes? Esa agua venía del pantano de Proserpina. Y hay cosas que nunca dejan de correr.»

Álvaro lo comprobó esa misma noche en el móvil. Era cierto: el embalse que alimentaba el acueducto existe, está a cinco kilómetros, y los romanos lo dedicaron a Proserpina. La diosa de los muertos. Durante siglos, Mérida bebió agua que venía de ella.

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El jueves volvió, harto de cambiar de ruta por una mancha. La huella lo esperaba, tan reciente que aún humeaba en el fresco del amanecer. Quiso demostrarse que no era nada, y apoyó su mano encima.

Encajaba. Los dedos que el martes eran más largos ahora terminaban justo donde terminaban los suyos. El frío le subió por la muñeca, y desde el canal seco le cayó una gota en la nuca.

Retiró la mano de golpe. Su palma estaba seca. Pero en el granito quedó una sola huella, oscura y brillante, como si la piedra acabara de cobrarse un relevo.

Álvaro ya no corre por los Milagros. Pero los corredores del parque comentan algo en los grupos de la zona: en el tercer pilar desde el Albarregas aparece cada amanecer una mano húmeda, siempre a la altura exacta de quien se para a mirarla.

Si corres por Mérida y la encuentras, no la completes. El agua de Proserpina lleva quince siglos buscando por dónde seguir corriendo.

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