Relatos Extraordinarios

Basado en un caso real

Las caras de Bélmez: el misterio de una cocina

Casa de las Caras de Bélmez, Bélmez de la Moraleda (Jaén)

En agosto de 1971, un investigador llega a Bélmez de la Moraleda para estudiar unos rostros que reaparecen en el suelo de una cocina.

¿Prefieres verlo? Míralo en vídeo
Ilustración · Casas y edificios

Mi SEAT 124 levantaba una nube de polvo al entrar en Bélmez de la Moraleda. Era agosto de 1971 y el sol de Jaén caía a plomo. Mi nombre es Javier Fuentes, y en mi maletín no llevaba ropa, sino magnetófonos, cámaras y medidores de campo electromagnético. Me habían contratado para investigar un imposible: un rostro que había aparecido en el suelo de una cocina.

María Gómez Cámara me abrió la puerta. Era una mujer sencilla, de ojos cansados. Me guio en silencio hasta la cocina. Allí, en el suelo de cemento junto al hogar, vi la mancha. Era difusa, una sombra borrosa que apenas insinuaba la forma de una cara. No daba miedo, pero sí una profunda sensación de extrañeza.

Monté mi equipo. Mientras la grabadora de bobina abierta giraba lentamente, María me contó cómo su marido, Juan, había picado el suelo con un pico, destruyendo el rostro original. Lo cubrieron con cemento nuevo. Pero, a los pocos días, la cara había vuelto a salir. Más débil, pero allí estaba.

Publicidad

Con el permiso del alcalde, decidimos excavar. Juan Pereira, el marido de María, manejaba el pico con una mezcla de rabia y resignación. Cada golpe parecía una profanación. Yo tomaba notas, documentando la temperatura, la humedad, la extraña quietud del aire.

A casi tres metros de profundidad, encontramos los huesos. Eran restos humanos, antiguos y desordenados. Un escalofrío recorrió la habitación, un silencio que pesaba más que el calor del verano. Aquella casa estaba construida sobre un cementerio olvidado.

Los restos recibieron cristiana sepultura y el suelo de la cocina fue rellenado y enlosado de nuevo. Durante una semana, reinó la paz. Luego, una tarde, María me llamó, con la voz rota. Había aparecido otra cara. Y luego otra. Ya no solo en el suelo, sino también en las paredes, manchas difusas de angustia.

Publicidad

Pasaba las noches en aquella cocina, en silencio, con los auriculares puestos, escuchando el siseo de la cinta magnética. A veces, entre el ruido blanco, creía oír susurros, fragmentos de palabras. Las caras parecían cambiar con la luz, sus expresiones borrosas se movían cuando no las miraba directamente.

Empecé a estudiar a María. Leí sobre la "teleplastia", la teoría de que una mente, en un estado de alteración, podía proyectar imágenes sobre la materia. ¿Era ella la fuente? ¿Su angustia, su historia personal, estaba pintando las paredes de su propia casa sin que ella lo supiera?

Una noche, mientras revisaba mis fotografías, me di cuenta de algo. Una de las nuevas caras, una mancha especialmente tenue junto a la ventana, se parecía vagamente a la fotografía de uno de los cráneos que habíamos encontrado. No era una copia, sino un eco, un recuerdo borroso grabado en el yeso.

Me fui de Bélmez sin una respuesta clara, solo con un archivo lleno de preguntas. No encontré pruebas de un fraude, ni tampoco de un milagro. Dejé atrás una casa que respiraba historias, y a una familia atrapada en su interior. El misterio de las caras no era algo que se pudiera resolver; era algo con lo que, tal vez, solo se podía aprender a convivir.

Míralo en vídeo

Este relato nació como un vídeo del canal. Cada semana publicamos historias nuevas.

▶ Verlo en TikTok▶ Verlo en Facebook

Síguenos en TikTok, Instagram, Facebook y YouTube. Las ilustraciones son recreaciones, no fotos del lugar.

Publicidad

Más relatos cerca de aquí