Relato de ficción ambientado en un lugar real
Las castañas del abuelo: el punto que vuelve en León
Plaza de Santo Domingo, León
Sara sigue abriendo la app que comparte la ubicación de su abuelo muerto. Una madrugada, su punto vuelve a moverse por León, cada vez más cerca.
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León, la última semana de octubre. Sara vive sola junto al río Bernesga, y cada noche, antes de dormir, abre en el móvil una aplicación que ya no necesita. La que comparte la ubicación de su abuelo Avelino.
Avelino fue perdiendo la memoria sus dos últimos años. Salía de madrugada de su casa de la plaza del Grano. Y siempre lo encontraban en el mismo sitio: en la plaza de Santo Domingo, en pijama, buscando un puesto de castañas. Sara le activó la ubicación para poder encontrarlo. Murió en marzo.

Un martes de madrugada, el punto de Avelino volvió a encenderse en el mapa. Estaba en la plaza del Grano. Y empezó a moverse.
«Será un fallo de la aplicación. O la abuela, que ha encendido el teléfono sin darse cuenta.»
Por la mañana fue a casa de su abuela Pura. El móvil del abuelo estaba en el cajón de la cómoda, junto a sus gafas. Apagado y sin batería.
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«Ese teléfono no lo ha tocado nadie desde marzo, hija. Ni yo me atrevo.»

Sara se lo llevó a casa y lo dejó en su mesilla, apagado. Esa madrugada, el punto volvió a salir de la plaza del Grano. Y el teléfono seguía allí, a un palmo de su almohada.
Cada noche, el punto llegaba un poco más lejos. Subía por la calle Ancha, se paraba un rato en la plaza de Santo Domingo y seguía por Ordoño Segundo, hacia el río. Hacia el piso de Sara.
El jueves, Sara bajó de madrugada a Santo Domingo para ver quién lo llevaba. La plaza estaba vacía. En una esquina solo había un puesto de castañas, recién montado para Todos los Santos y cerrado con una lona.

En el mapa, el punto del abuelo estaba justo encima del puesto. Sara se acercó. El bidón de asar, con la castañera ya en su casa, todavía echaba humo.
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Al día siguiente se lo contó a su abuela. Pura no se asustó. Se quedó mirando por la ventana, como cuando se acordaba de algo bonito.
«Cuando se perdía, iba a por tus castañas. Cada uno de noviembre te las llevaba calientes, en un cucurucho de periódico, con tu nombre escrito a lápiz. Eso no se le olvidó nunca.»
La noche del treinta y uno, Sara no se acostó. De madrugada, el punto salió de la plaza del Grano. Se paró en Santo Domingo más que nunca. Luego bajó por Ordoño Segundo sin detenerse y cruzó hacia el río.

El punto del abuelo llegó a su calle. Se paró delante de su portal. Y ya no se movió.
«Abuelo… ¿eres tú?»
Sara bajó corriendo. En el portal no había nadie. En el escalón había un cucurucho de periódico lleno de castañas, todavía calientes. Y escrito a lápiz, con letra temblorosa: Sarita.
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