Relatos Extraordinarios

Relato de ficción ambientado en un lugar real

Las huellas de la playa de Levante en Benidorm

Playa de Levante, Benidorm (Alicante)

Iván limpia la playa de Levante antes del amanecer, pero unas huellas salen del mar y una vieja advertencia le prohíbe seguirlas.

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Playa de Levante, en Benidorm, última semana de agosto. A las cinco de la mañana no queda nadie, y la arena está destrozada: hoyos a medio tapar, castillos deshechos, las pisadas de un día entero.

Iván lleva tres veranos en la brigada de limpieza. Conduce la cribadora, un tractor que arrastra un tamiz, remueve la arena hasta un palmo de hondo y la va dejando lisa detrás de él.

El sol sale sobre las siete y veinte. Para entonces la playa tiene que estar como recién estrenada. Ese es todo el trabajo de Iván: borrar el día anterior antes de que amanezca.

Cuando entró en la brigada, Chema, el más veterano, le enseñó el recorrido y le soltó una advertencia que no venía en ningún papel.

«Si alguna madrugada ves huellas descalzas saliendo del agua, les pasas la máquina y sigues. Ni se te ocurra seguirlas.»

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Pasaron dos veranos enteros sin nada. Hasta la madrugada del martes pasado, cuando Iván iba ya por la mitad de la playa.

En la franja que acababa de cribar, esa que había dejado lisa diez minutos antes, había una hilera de huellas descalzas. Salían del agua y subían rectas hacia el paseo. Ninguna volvía.

Iván bajó del tractor y se agachó a mirarlas. Estaban mojadas, hondas, marcadas con fuerza, de un pie grande y desnudo.

«¿Hola? ¿Hay alguien ahí? Si te has metido al agua, sal, que hasta las diez no hay socorristas.»

Nadie contestó. El mar estaba plano, sin una cabeza asomando, y a Iván se le metió en la cabeza lo peor: alguien bañándose solo de noche, alguien a quien había que buscar.

Así que hizo lo único que Chema le había prohibido. Echó a andar detrás de las huellas, arena arriba, siguiéndolas una por una.

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Cruzaban la playa en línea recta y se paraban al pie de una pasarela de madera. Ahí se acababan. No subían al paseo, no torcían, no daban media vuelta.

Iván volvió al tractor, pasó dos veces el tamiz por aquella franja y la dejó impecable. Terminó a las siete y diez, con el cielo ya claro.

Chema ya había terminado su mitad y lo esperaba arriba, apoyado en el camión. Iván no tuvo que contarle nada. Desde el paseo se veían igual de bien las dos rodadas y lo que caminaba junto a una de ellas.

«Te dije que no fueras detrás.»

Ahora aparecen cada madrugada. Iván les pasa el tamiz, la arena queda como nueva, da la vuelta y ahí siguen, junto a su rodada. Es lo único de esa playa que no consigue borrar.

Si alguna vez, en una playa vacía, te encuentras huellas que salen del agua y no vuelven, bórralas y sigue con lo tuyo. No vayas detrás.

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