Relatos Extraordinarios

Relato de ficción ambientado en un lugar real

Billete para el último tren de Sants, Barcelona

Estación de Barcelona Sants

Una máquina apagada de Sants entrega a Álvaro un billete antiguo para un tren que anuncia su llegada a una vía inexistente.

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Estación de Sants, Barcelona, un jueves cualquiera a las once y media de la noche. Álvaro volvía a casa después de un día largo. Le quedaban dos minutos para el último tren.

Sacó el móvil, abrió la app de Rodalies, pero el lector del torno no pillaba el QR. Tres intentos y nada. Resopló y fue a la máquina de billetes.

Marcó su estación de siempre, apoyó la tarjeta, y la máquina escupió el billete. Pero no era un billete normal. Era más largo, de cartulina amarilla, como los de antes. Y solo ponía un nombre.

«¿Collserola? Pero si ahí no hay estación.»

Le dio la vuelta. Al dorso, impresa con tinta azul claro, aparecía una hora: 23:47. Faltaban doce minutos.

Álvaro se quedó mirando el papel. No ponía andén, no ponía vía, no ponía nada más. Solo el nombre y la hora. Lo dobló y se lo guardó. Iría al mostrador a preguntar.

El vestíbulo estaba casi vacío. Solo quedaba una taquilla abierta, con un empleado mayor que ya recogía sus cosas.

«Perdone, la máquina me ha dado esto. ¿Sabe qué tren es?»

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El hombre cogió el billete con dos dedos, lo examinó, y negó con la cabeza.

«Esto no lo ha impreso ninguna máquina nuestra. Este papel no lo usamos desde hace quince años. ¿De qué máquina dices que ha salido?»

Álvaro señaló hacia los tornos. El empleado se asomó y frunció el ceño.

«Esa máquina lleva dos días fuera de servicio. No tiene ni corriente.»

Álvaro se giró. La pantalla de la máquina estaba negra. Negra del todo. Pero en la bandeja de salida aún parpadeaba una lucecita verde.

Se acercó otra vez. La máquina no zumbaba, no ventilaba, no hacía nada. Apoyó la mano en la carcasa: estaba fría. Y entonces la pantalla se encendió.

Una sola línea de texto, letras blancas sobre fondo negro: «El tren con destino Collserola efectuará su entrada en vía 14 a las 23:47.»

Álvaro conocía bien la estación. En Sants no hay vía 14. Las vías de Cercanías llegan hasta la 13. La 14 no existe.

«Oiga, ¿qué vía es la 14?»

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El empleado ya no estaba en la taquilla. La ventanilla estaba cerrada, la luz apagada, y el vestíbulo completamente vacío.

Por megafonía sonó un pitido. Luego una voz grabada, la de siempre, pero diciendo algo que Álvaro no había oído nunca.

«Próxima salida, vía catorce. Tren especial con destino Collserola. Atención, este tren no efectuará paradas intermedias.»

Álvaro miró el billete amarillo. Miró el reloj del vestíbulo: 23:46. Un minuto. Y entonces vio algo que le heló la sangre.

En el billete, bajo la hora, acababa de aparecer una línea nueva, como si alguien la estuviera escribiendo en ese momento con tinta fresca: «Asiento 7, coche 3.»

Y su nombre. Su nombre completo, con los dos apellidos, escrito en el billete que nadie había tocado.

El pitido de la megafonía sonó otra vez. Y desde el fondo del pasillo que lleva a las vías, donde no hay ni tornos ni carteles, llegó el sonido inconfundible de unas puertas de tren al abrirse.

Álvaro rompió el billete en dos. En cuatro. En ocho trozos. Los tiró al suelo y salió de la estación sin mirar atrás.

A la mañana siguiente, al meter la mano en el bolsillo de la chaqueta para coger las llaves, notó un papel que no había puesto ahí. Lo sacó. Era el billete. Entero. Sin una sola marca de doblez. Y junto a la hora, una palabra nueva: «Esta noche.»

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