Relatos Extraordinarios

Relato de ficción ambientado en un lugar real

Cuarenta segundos de terror en Móstoles

Móstoles (Madrid)

Rubén ve el partido con cuarenta segundos de retraso, hasta que un grito simultáneo de sus vecinos convierte la ventaja en una amenaza.

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Mañana a las nueve de la noche, España y Argentina juegan la final del Mundial. Pero esta historia no ocurre mañana. Ocurrió hace cuatro días, durante la semifinal, en un bloque de pisos de Móstoles.

Rubén vio aquel partido solo, en el salón de su casa, con la aplicación de internet de su televisor. Por el patio le llegaban los televisores de todos sus vecinos, mezclados en un mismo rumor.

En el minuto doce, el bloque entero estalló. Gritos, saltos en el piso de arriba, un gol cantado a pleno pulmón. Rubén miró su pantalla. El balón seguía en el centro del campo.

Cuarenta segundos después, su emisión mostró el gol de España. Era el retardo de las plataformas de internet: el suyo era el único televisor del bloque que iba por detrás. Sonrió. El resto de la noche iba a saber lo que venía antes de verlo.

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Y así fue toda la primera parte. Cada rugido del patio le avisaba, cada suspiro le preparaba. Era como escuchar el futuro con cuarenta segundos de ventaja.

En el minuto setenta y tres, el barrio entero gritó a la vez. Pero aquello no era un gol. Era otra cosa. Un grito que se cortó de golpe, en todas las casas al mismo tiempo.

«¡Apagadlo! ¡Apagad la tele!»

Después, silencio. Rubén contó los segundos con el mando en la mano, esperando ver en su pantalla lo que ellos ya habían visto. Pero su partido seguía con normalidad. Los comentaristas hablaban de un córner.

Se asomó al patio. Todas las ventanas encendidas, todas las pantallas dando el partido. Y en los sofás no había nadie.

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Entonces lo entendió. Lo que había hecho gritar a su barrio todavía no había llegado a su emisión. Aún estaba a tiempo de no verlo. Le bastaba con apagar. Pero era la semifinal, y necesitaba saber.

«Atención, porque el público... Señoras y señores, el estadio entero se está girando hacia...»

Rubén arrancó el cable de la pared antes de que el locutor acabara la frase. Lo último que vio fueron las gradas: miles de personas de espaldas al campo, mirando todas al mismo punto. Mirando a la cámara.

Sus vecinos volvieron esa misma noche, cada uno a su sofá, como si nada. Ninguno recuerda la segunda parte. Y en el bloque, esta semana, todos han cambiado de televisor. Todos menos él.

Así que mañana, durante la final, si tu televisor va con retardo y tu barrio celebra los goles antes que tú, disfruta de la ventaja. Pero si todos gritan a la vez y luego se hace el silencio, no esperes a ver lo que ellos ya han visto. Arranca el cable. Tienes cuarenta segundos.

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