Relato de ficción ambientado en un lugar real
El acompañante invisible de la Parte Vieja de San Sebastián
Parte Vieja, San Sebastián (Gipuzkoa)
Clara sale sola de pintxos por San Sebastián, pero en cada bar le cobran lo que toma un acompañante invisible que conoce su nombre.
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Donostia, viernes por la noche, en plena semana del festival de cine. Clara ha venido sola desde Valladolid y se mete bajo el sirimiri en la Parte Vieja, con su chubasquero rojo.
Su amiga le falló a última hora, pero la pensión ya estaba pagada: una habitación con dos camas. Así que Clara sale de pintxos igual.
En estos bares, los pintxos están a la vista en la barra y cada uno coge los suyos. Al terminar, el camarero te pregunta qué has tomado y se fía de lo que le digas.

En el primer bar, Clara dijo lo suyo: dos pintxos y un txakoli. El camarero, sin dudar, le sumó una gilda.
Clara no había probado ninguna gilda. Con la barra a reventar, supuso que la confundía con otra persona y la pagó por no discutir.
En el segundo bar, en la calle Fermín Calbetón, Clara llevó la cuenta de lo suyo: un pintxo y un txakoli. El camarero le cobró además otra gilda. Lo de su amigo, le dijo.
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«Vengo sola.»
«Pues el de la chaqueta chorreando ha estado todo el rato pegado a ti, cogiendo de la barra. Ha dicho que invitaba Clara. Eres tú, ¿no?»

Clara no le había dicho su nombre a nadie en toda la noche. Buscó por el bar a algún gracioso: abrigos húmedos, paraguas plegados. Nadie chorreando.
Pagó lo suyo y lo del otro, otra vez sin discutir, para salir de allí cuanto antes. Fuera, el sirimiri se había convertido en lluvia.
Se refugió en un bar de la Plaza de la Constitución, la de los balcones numerados. Dentro solo estaban el camarero y ella. Aquí no había con quién confundirla.
Pidió un txakoli. El camarero se lo sirvió y se volvió hacia el taburete vacío que había junto a Clara.
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«¿Y tú qué vas a tomar?»

Asintió como si le hubieran contestado y dejó otro txakoli delante del taburete. Debajo, en el suelo, se estaba formando un charco.
Clara dejó un billete de veinte en la barra y salió sin esperar la vuelta. En la puerta, alguien le habló pegado al oído.
«Eskerrik asko, Clara.»
Corrió bajo la lluvia hasta la pensión, cerró con llave y encendió la luz.
La cama de su amiga estaba hundida, como si alguien acabara de sentarse en ella. Y la colcha, empapada.
Si en un bar te cobran algo que no has tomado, no lo pagues solo por no discutir. No sabes a quién estás invitando.
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