Relatos Extraordinarios

Relato de ficción ambientado en un lugar real

El doble de las 6:50 en el funicular de Artxanda

Funicular de Artxanda, Bilbao (Bizkaia)

Cada mañana, Iker baja a Bilbao en el funicular de Artxanda. Pero alguien con su misma cara y su misma tarjeta viaja en sentido contrario.

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El funicular de Artxanda sube desde el centro de Bilbao hasta la cima de la montaña. Dos cabinas gemelas, contrapesadas: cuando una baja, la otra sube. Y se cruzan siempre en el mismo punto, a mitad de camino.

Iker vive arriba, junto al parque, y baja cada mañana en el primer servicio, el de las 6:50. Seis años con la misma tarjeta de viajero: la número 4471.

Este jueves, a mitad del viaje, las cabinas se cruzan como siempre. Y en el cristal de la cabina que sube aparece un hombre con la misma chaqueta verde de Iker. No mira el paisaje. Lo mira a él.

Iker piensa que es un reflejo. Pero un reflejo no te sigue con la mirada mientras las cabinas se cruzan y se alejan.

Abajo, antes de la salida, el jefe de estación lo espera con la puerta del control abierta. Se llama Txema, y en su pantalla está el registro de accesos de esa mañana.

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«A las 6:50, tu tarjeta sale por la estación de arriba. Y ese mismo segundo, esa tarjeta entra por este torno de abajo, en la cabina que sube. Uno de esos dos viajes no lo has hecho tú, Iker.»

La cámara del torno lo grabó todo. Un hombre con la chaqueta verde pasa la tarjeta por el lector y entra en la cabina que sube. Txema congela la imagen en la cara. Es la cara de Iker.

«Ese soy yo, Txema. Ese soy yo... pero yo estaba arriba. Yo iba bajando en la otra cabina.»

La cabina que subía llegó a Artxanda a las 6:53. Por la puerta de arriba no salió nadie. Y en el viaje de vuelta bajó vacía: el sensor de peso marcó cero pasajeros. Aquel hombre entró en Bilbao... y no salió por ninguna puerta.

«Será una tarjeta clonada. Eso está lleno de copias. La anulamos, te emito otra, y se acabó. Esto tiene que tener una explicación normal.»

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Esa misma tarde, Txema anuló la 4471 y la cortó por la mitad delante de Iker. Las dos mitades quedaron en un cajón de la oficina, cerrado con llave.

«¿Y si mañana vuelve a entrar?»

«No puede, Iker. Una tarjeta anulada y cortada no existe para el sistema. Es imposible que un lector la acepte.»

A la mañana siguiente, a las 6:50, el torno de abajo leyó un acceso válido: tarjeta 4471. La tarjeta anulada. Cortada. Guardada en un cajón cerrado con llave.

La cámara grabó al hombre de la chaqueta verde entrando en la cabina que sube. Llegó a la cima, se abrió la puerta... y no salió nadie. La cabina regresó vacía.

Iker ya no vive en la montaña. Bajó a un piso en el centro de Bilbao y cambió de tarjeta, de horario y de trabajo. Pero no le sirve de nada. Cada mañana, a las 6:50, algo con su cara sube a Artxanda. Hace el viaje por él.

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