Relato de ficción ambientado en un lugar real
El túnel catorce del Tren de Sóller
Sóller (Islas Baleares)
Joana conoce de memoria los trece túneles del Tren de Sóller, pero un día cuenta uno más y descubre que falta un pasajero.
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Tren de Sóller, en Mallorca. Joana Ferrer lleva once años de revisora en los vagones de madera que suben de Palma a Sóller desde mil novecientos doce.
«Buenos días. Billete, por favor.»

Es casi lo único que dice en todo el viaje. Lo demás se lo sabe de memoria: veintisiete kilómetros, la sierra, los naranjos al final y trece túneles. Joana los cuenta sin darse cuenta, como quien cuenta escalones.
Un martes de finales de octubre, con el tren medio vacío, Joana contó catorce.
Pensó que se había despistado. Había estado explicando a dos turistas dónde bajar. Pero en Sóller notó otra cosa. En Palma había picado veintisiete billetes, y del tren bajaron veintiséis personas.

Faltaba un hombre mayor con boina y un capazo de palma. Joana lo había visto sentarse en el último banco del vagón de cola, junto a la ventanilla. Nadie lo vio bajar.
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Se lo contó a Tomeu, el maquinista, mientras él se tomaba un café en el andén de Sóller.
«¿Catorce? Son trece, Joana, desde que se abrió la línea. Y el de la boina se habrá bajado en Bunyola sin que lo vieras.»
Tenía sentido. Aun así, al día siguiente Joana viajó con el reloj en la mano. Justo después del túnel más largo, casi tres kilómetros bajo la sierra, el tren volvió a meterse en la oscuridad. Cuarenta segundos. Aire frío y olor a tierra mojada.
En Sóller volvió a contar. Faltaba una chica joven con una mochila verde. Joana se acordaba de ella porque le había preguntado algo al subir.

«¿El último banco está libre? Es que quiero ver el paisaje.»
El último banco del vagón de cola. Junto a la ventanilla. Durante una semana, Joana viajó de pie a su lado y no dejó que nadie se sentara. Hubo trece túneles cada día. No faltó nadie.
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Pero no podía pasarse la vida vigilando un banco, y nadie la iba a creer sin pruebas. El lunes le pidió a Tomeu que contara los túneles desde la cabina. Ella se sentó en el último banco, con la taladradora de billetes en la mano.
Era la única persona del tren sin billete. Una revisora nunca lo lleva.
Pasó el túnel largo. Luz, naranjos, un instante de sol. Y enseguida, otra vez la oscuridad. Fría. Con olor a tierra mojada.

«Billete, por favor.»
El tren salió a la luz. En el último banco no había nadie. Solo la taladradora de Joana, sobre la madera.
En Sóller, Tomeu bajó a buscarla. Había contado trece túneles, como siempre. Y en el vagón de cola, nadie recordaba haber visto a la revisora.
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