Relato de ficción ambientado en un lugar real
Siete horas de mar oscuro entre Barcelona y Palma
Moll de Sant Bertran, Barcelona
Jordi baja a la bodega precintada del ferri para recuperar una pastilla, pero descubre que alguien lo espera en su camión cerrado.
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Cada noche, pasadas las once, el ferri de Palma sale del moll de Sant Bertran, en el puerto de Barcelona. Los camiones entran en fila por la rampa metálica, y por delante quedan siete horas de mar a oscuras.
Jordi lleva nueve años haciendo esa ruta. Aparcó en la bodega, echó el freno, tiró la chaqueta de cualquier manera sobre el asiento del copiloto y subió a su camarote con la bolsa al hombro.

Detrás del último vehículo, la tripulación cerró la cubierta de carga. Precintada hasta llegar a puerto. Es la norma en todos los barcos: durante la travesía, ahí abajo no entra nadie.
A las tres de la madrugada se despertó con la boca seca y cayó en la cuenta. La pastilla de la tensión seguía en la guantera del camión. La toma a la misma hora desde hace años, sin fallar una.
Los pasillos estaban vacíos, con esa luz amarilla que no se apaga nunca. Jordi conoce el barco: sabe qué escalera baja al entrepuente, y sabe que la puerta del fondo cierra mal desde el invierno pasado.
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Abajo, el aire olía a gasoil y a mar. Filas de camiones trincados con cadenas, el rumor de las máquinas subiendo por el suelo, y todo balanceándose despacio, muy despacio, con el barco.

Al fondo del carril central había una luz encendida. Una sola cabina iluminada entre docenas de camiones apagados.
Contó las filas sin querer, como cuenta las salidas en la autopista. Tercera fila. Cuarto camión. El suyo.
Llevaba las llaves en el bolsillo. Las puertas estaban cerradas desde Barcelona. Y aun así, en el asiento del copiloto, sobre su chaqueta, había alguien sentado. Quieto, mirando al frente, con un chaleco reflectante como el suyo.

«¡Eh! ¿Quién anda ahí? ¡Ese camión es mío!»
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La figura no se giró. Se inclinó despacio hacia delante, alargó el brazo y abrió la guantera. Entonces la luz de la cabina se apagó, y la bodega entera se quedó a oscuras.
Jordi no recuerda haber subido las escaleras. Lo encontró un marinero de guardia en el entrepuente, agarrado a la barandilla, empapado en sudor frío.
«La bodega va precintada, caballero. Durante la travesía no puede bajar nadie.»

Revisaron las cámaras con él delante. En la grabación solo aparece Jordi, cruzando el carril central hacia una cabina iluminada. Una cabina que, en el vídeo, se ve completamente apagada.
En Palma, al desembarcar, su chaqueta estaba doblada con cuidado sobre el copiloto. Y en el salpicadero, fuera del blíster, la pastilla. Como si él mismo se hubiera quedado a medias en el proceso de tomarla.
Jordi sigue haciendo la ruta, pero ya no deja nada en la cabina. Así que si viajas de noche en el ferri y recuerdas que te has olvidado algo en el coche, déjalo estar. No quieras coger por sorpresa lo que no debe ser visto.
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