Relato de ficción ambientado en un lugar real
El último lavado antes del viaje en Albacete
Albacete
Rubén solo quería lavar el coche antes de salir de viaje, pero una parada inesperada de la máquina dejó unas marcas inquietantes.
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Primer viernes de agosto, once menos cuarto de la noche. Rubén salía de viaje al día siguiente, con la operación salida, y se le ocurrió lo que a tantos: lavar el coche la víspera para no hacer cola. El túnel del hipermercado, en las afueras de Albacete, estaba vacío.
Si has entrado alguna vez en uno, conoces el ritual: punto muerto, freno suelto, manos fuera del volante. La cinta arrastra el coche sola. Y durante un par de minutos, con la espuma cubriendo los cristales, el mundo de fuera deja de existir.

Los rodillos pasaron por encima, el agua golpeó el techo y todo se volvió blanco. Rubén iba mirando el móvil, con la radio puesta. Lo de siempre.
Hasta que la máquina se detuvo a mitad de ciclo. No terminó: se paró. Los cepillos quedaron inmóviles en el aire, el agua dejó de caer, y solo quedó el goteo sobre la chapa. Todos los cristales seguían cubiertos de espuma.
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Entonces, en la ventanilla de atrás, justo a su espalda, una raya se abrió en la espuma. De arriba abajo, despacio, del ancho de un dedo. Y enseguida otra al lado. Como cuando alguien limpia un cristal empañado para mirar.

«¿Hola? ¿Hay alguien ahí? ¿Se ha atascado esto o qué?»
Nadie contestó. Por las dos rayas limpias solo se veían los cepillos parados y el túnel a media luz. Ni un operario, ni otro coche, ni una sombra. Pero la espuma siguió abriéndose, un trazo más, ahora más ancho.
La máquina arrancó de golpe, como si nada. El aclarado barrió la espuma con cortinas de agua, el secador rugió sobre el techo y el semáforo del fondo se puso en verde.
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Fuera, el aparcamiento seguía desierto. Rubén bajó la ventanilla, sacó la cabeza y hasta se rio un poco de sí mismo. Un fallo de la máquina, un chorro suelto, cualquier cosa. Metió primera.
Fue al pasar bajo la primera farola cuando las vio. Las rayas seguían en la ventanilla de atrás. El aclarado había dejado el resto del cristal impecable y, sin embargo, aquellas marcas continuaban allí, nítidas, a la altura de unos ojos.
Paró el coche y alargó el brazo por detrás del asiento. Por fuera, el cristal estaba limpio y frío. Pasó el dedo por dentro, sobre una de las rayas, y la marca se corrió bajo su yema. Estaban por su lado del cristal.
Rubén hizo el viaje igualmente, ochocientos kilómetros con esas dos rayas a un palmo de su nuca. Y dice que lo peor no fue encontrarlas. Fue entenderlo: cuando la máquina se paró, algo limpió la espuma para mirar. Pero no miraba hacia dentro. Miraba hacia fuera.
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