Relatos Extraordinarios

Relato de ficción ambientado en un lugar real

El toque de agonía de San Blas en Villarrobledo

Iglesia de San Blas, Villarrobledo (Albacete)

Las campanas de San Blas suenan sin que nadie las accione. Nuria sube a detenerlas, sin saber qué significa interrumpir aquel toque.

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Villarrobledo, provincia de Albacete, última semana de agosto. En la torre de San Blas las campanas ya no las toca nadie: las mueve un motor eléctrico conectado a un programador, como en casi todos los pueblos de España.

Nuria tiene treinta y un años y trabaja en el ayuntamiento. Cuando la funeraria avisa de un fallecimiento, es ella quien entra en el programa y marca el toque de difuntos.

Aquí ese toque tiene su cuenta, y los mayores todavía se la saben de memoria. Tres golpes seguidos, hombre. Dos golpes y una espera, mujer.

Nuria vive en un primero de la plaza, con la ventana justo enfrente de la torre. El martes la despertaron las campanas a las seis y cuarenta de la mañana.

Dos golpes y una espera. Dos golpes y una espera. Abajo, una furgoneta cargaba gente para la vendimia, y todos se quedaron parados mirando hacia arriba.

La única persona de la que se esperaba esa llamada era Pilar, la vecina del portal de al lado, que llevaba desde junio sin levantarse de la cama. Nuria esperó toda la mañana y la funeraria no llamó. Pilar seguía viva.

En el ayuntamiento abrió el historial del programador. No había ningún toque metido a esa hora. El registro decía otra cosa: accionamiento manual, desde la torre.

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De la torre hay dos llaves. Una la tiene Nuria en el llavero de casa. La otra, Herminia, que fue sacristana treinta y siete años y ahora pasa las tardes en un banco de la plaza. Esa tarde Nuria bajó a preguntarle si había subido ella a tocar.

«Yo no subo desde que pusieron el motor. Y eso de esta mañana no era toque de difuntos, hija. Era toque de agonía.»

«Se tocaba cuando alguien se estaba muriendo, para que el pueblo rezara por él. Y no paraba hasta que se moría. Entonces callaba sola.»

Nuria no la creyó, pero se quedó con un dato: el toque de aquella mañana había durado once minutos y se había apagado solo, sin que ella tocara nada.

El miércoles empezó otra vez a las seis y cuarenta. Nuria cogió la llave del llavero y subió los escalones de la torre a oscuras.

Arriba no había nadie. El motor estaba parado, con el interruptor bajado, y la campana grande se balanceaba sola: dos golpes y una espera.

A las ocho tenía que fichar, y aquello no llevaba ninguna intención de terminar. Nuria alargó los brazos, abrazó el bronce con las dos manos y aguantó hasta pararlo.

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La campana se quedó quieta y la torre en silencio. El bronce estaba frío, más frío que la barandilla de hierro.

«Herminia, esta mañana he subido. La he parado yo, con las manos.»

«Entonces no ha terminado.»

El viernes, la hija de Pilar paró a Nuria en el portal. Su madre llevaba tres días igual: sin comer, sin dormir, con los ojos abiertos y el médico sin explicarse cómo aguantaba.

Nuria subió a la torre esa misma tarde. Empujó la campana grande con las dos manos y le devolvió los golpes que le había quitado: dos golpes y una espera, dos golpes y una espera, hasta quedarse sin fuerza en los brazos.

A los pocos minutos la campana se paró sola. A Pilar la velaron esa noche.

Si alguna vez oyes una campana tocando sola, no la mandes callar.

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