Relatos Extraordinarios

Relato de ficción ambientado en un lugar real

La bandera roja de la playa de Matalascañas

Playa de Matalascañas, Almonte (Huelva)

Cada mañana aparece una bandera roja en una torre de vigilancia vacía de Matalascañas, aunque ya no quedan socorristas y el mar está en calma.

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Matalascañas, en Huelva, mediados de octubre. Los apartamentos están cerrados y ya no hay socorristas. Macarena vive allí todo el año y se baña cada mañana a las ocho. Siempre frente a la Torre de la Higuera, la vieja torre que quedó volcada en la arena.

Las torres de vigilancia de los socorristas siguen en la playa, vacías. Desde septiembre no tienen bandera.

Un lunes, en la torre de vigilancia más cercana, ondeaba una bandera roja. El mar estaba como un plato.

Macarena pensó en unos niños gastando una broma. Subió, desató la bandera, la dobló y se la llevó a casa. Luego se bañó, como siempre.

Al día siguiente, la bandera roja estaba otra vez en la torre. Y la que ella se había llevado seguía doblada en una silla de su salón.

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En la orilla estaba Manolo, un jubilado que pesca con caña desde que amanece. Macarena le preguntó quién la había puesto.

«Yo llego a las seis y ya estaba ahí. Y no he visto subir a nadie, niña.»

«Pues alguien la sube. Las banderas no se ponen solas.»

Y se metió en el agua. El mar seguía en calma. Pero a unos metros de la orilla, junto a la torre volcada, notó que el agua tiraba de ella hacia dentro. Nadó hacia la arena con todas sus fuerzas, y cada brazada la alejaba más.

Cuando ya tragaba agua, una mano la agarró del brazo. Era un chico joven, con una camiseta roja de socorrista.

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«No nades hacia la orilla. Nada de lado, conmigo.»

Nadaron de lado hasta salir de la corriente, y la ola la dejó en la arena. Macarena se dio la vuelta para darle las gracias. No había nadie. Ni en el agua ni en la playa.

Manolo llegó corriendo. Cuando ella le habló de la camiseta roja, el hombre se quedó blanco.

«Andrés. El socorrista de esa torre. Se ahogó ahí mismo, junto a la torre volcada, sacando a una niña de la corriente. Hace cuarenta años. Y la niña se salvó.»

Al día siguiente, la bandera roja volvía a estar en la torre de vigilancia. Macarena no se bañó. Llevó la bandera que tenía doblada en casa y la ató junto a la otra.

Desde entonces, cuando aparece la bandera roja, Macarena se queda en la orilla y no deja que nadie se meta en el agua. Ya sabe quién la sube.

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