Relatos Extraordinarios

Relato de ficción

La farmacia de madrugada en Benimaclet

Valencia

Con su hija ardiendo de fiebre, Sergio encuentra una farmacia de guardia en Benimaclet cuyo anciano boticario parece estar esperándolo.

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En Valencia, en el barrio de Benimaclet, ocurre como en todas partes: cuando una farmacia cierra, cuelga en la puerta la lista de las que quedan de guardia esa noche.

Sergio leyó una de esas listas una madrugada de enero, con su hija de dos años ardiendo de fiebre en brazos y el jarabe agotado en casa.

Había tres farmacias de guardia. Dos estaban lejos, a más de veinte minutos andando. La tercera, a doscientos metros. Farmacia Llorens. Estaba cerca, pero no le sonaba de nada.

«Da igual. Es la que hay. Y la niña no aguanta veinte minutos más así.»

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La encontró donde decía la lista. Una cruz verde encendida sobre una puerta de madera antigua, de esas que ya no quedan. Dentro olía a botica de antes, a hierba seca y a alcohol.

El farmacéutico era un hombre muy mayor, de bata impecable. Y cuando Sergio abrió la boca para pedir, se dio cuenta de que el hombre ya tenía una caja en la mano. Tendida hacia él.

«Para la pequeña. Una cucharada ahora y otra al amanecer. Con la fiebre de los niños no se juega.»

Sergio no le había dicho que era para una niña. No le había dicho nada todavía. Sacó la cartera, y el viejo la apartó con la mano, sin prisa.

«Aquí las urgencias no se cobran. Déjalo estar.»

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La fiebre bajó antes de llegar a casa. A la primera cucharada, la niña dormía tranquila, con la frente fresca. Ningún jarabe hace eso. Ninguno tan rápido.

Al día siguiente Sergio volvió a la calle para dar las gracias. Y no había farmacia. Había una persiana echada, comida de óxido, con el hueco de una cruz marcado en la fachada como una cicatriz.

«¿La farmacia Llorens? Ay, hijo. Esa cerró cuando murió don Andrés. Tú no habías ni nacido.»

En casa, Sergio buscó la caja del jarabe. Sin código de barras. Sin lote. Y en una esquina del prospecto, el precio impreso de fábrica: en pesetas.

A la farmacia Llorens no se llega queriendo. Se llega como llegó Sergio: de madrugada, con prisa, con alguien que no puede esperar. Si alguna noche te toca a ti, sabrás que es ella por una cosa: estará abierta, estará cerca, y no te cobrará.

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