Relatos Extraordinarios

Relato de ficción ambientado en un lugar real

La lámpara diecisiete de las minas de Almadén

Minas de Almadén (Ciudad Real)

Cuarenta y dos visitantes bajan a las minas de Almadén, pero una luz ajena al grupo avanza hacia ellos desde una galería cerrada.

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Las minas de Almadén, en Ciudad Real, dejaron de trabajarse hace veinte años. Hoy se visitan, y Nuria es la guía que baja con el último grupo de la tarde.

Antes de entrar, cada visitante recoge un casco y una lámpara. En la pared hay un panel con las lámparas colgadas, una en cada gancho numerado, y Nuria las va repartiendo.

Esta tarde son cuarenta y dos personas. Al llegar al gancho diecisiete, Nuria se encuentra el hueco vacío.

«Julián, ¿la diecisiete sigue estropeada?»

«Desde el martes. Con las que tienes te llega.»

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La norma de la casa es contar dos veces: una arriba, antes de bajar, y otra abajo, cuando el ascensor se detiene a cincuenta metros. Cuarenta y dos cascos, cuarenta y dos luces encendidas. La cuenta salió.

Un trenecito los lleva por la galería hasta los hornos antiguos. Aquí abajo el aire no cambia nunca: quince grados en agosto igual que en enero.

«Señora, esa lámpara de ahí atrás, ¿también es del grupo?»

Al fondo, detrás de la cadena que cierra la galería vieja, una luz se movía a la altura de un cinturón. Avanzaba despacio, hacia ellos.

Nuria contó otra vez a su gente. Cuarenta y dos cascos delante de ella, cuarenta y dos luces. Cuando volvió a mirar al fondo, la otra ya no estaba.

Con cuarenta y dos personas esperando y el tren a punto de arrancar, Nuria terminó la explicación y siguió el recorrido. La niña hizo el resto del camino mirando hacia atrás.

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Ya en la superficie, con la última luz de la tarde, el grupo fue devolviendo los cascos y las lámparas. Nuria los despidió en la puerta, uno a uno.

Dentro, Julián colgaba cada lámpara en su gancho y las iba apagando según entraban.

«Nuria, ven a ver esto.»

En el panel no faltaba ninguna. Cuarenta y tres lámparas, cada una en su número, y el gancho diecisiete ocupado.

Esa seguía encendida. Nuria la descolgó y el cristal estaba tibio, igual que el de las otras cuarenta y dos.

Nuria sigue contando dos veces, arriba y abajo, como le enseñaron. Lo que ya no hace, al cerrar, es contar las lámparas.

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