Relatos Extraordinarios

Relato de ficción ambientado en un lugar real

La lavadora nueve del barrio del Carmen, en Murcia

Barrio del Carmen, Murcia

Sola en una lavandería de Murcia, Lucía ve una máquina funcionar sin que nadie pague y reconoce una prenda que perdió hace años.

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En una lavandería autoservicio del barrio del Carmen, en Murcia, Lucía metía su ropa a la una y media de la madrugada. Salía de turno en el hospital, y esa era la única hora que tenía.

Si has usado alguna de estas lavanderías veinticuatro horas, sabes cómo son: no atiende nadie, luz blanca, máquinas numeradas, y estás tú solo con el ruido del tambor.

Lucía puso la número cuatro. Treinta y dos minutos de ciclo. Se sentó en el banco a mirar el móvil, de espaldas a la fila de secadoras.

Al rato levantó la vista, y la máquina nueve estaba en marcha. Tambor girando, agua, ropa dando vueltas. Y ella habría jurado que al entrar estaban todas paradas.

«Habrá entrado alguien mientras miraba el móvil. O la dejó puesta el de antes. Estas cosas pasan.»

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Pero la puerta de la calle avisa con un pitido cada vez que alguien entra. Y no había sonado. Lucía se acercó al cristal de la nueve casi por aburrimiento, por tener algo que hacer.

Dentro giraba una sola prenda. Una cazadora vaquera con el cuello de borrego y una quemadura de cigarro en el puño izquierdo. Lucía la conocía puño por puño. Había sido suya.

«No puede ser la misma. La mía la eché al contenedor de Humana hace dos años. La metí yo. Yo la vi caer.»

El ciclo de la nueve terminó antes que el suyo. Clac. La puerta se desbloqueó sola y se quedó entornada, como una invitación.

Estas máquinas se bloquean durante el lavado; no hay manera de abrirlas a medio ciclo. Lucía lo sabía. Como sabía que nadie había pagado ese lavado, porque el panel marcaba cero euros.

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E hizo lo que habría hecho cualquiera. Era su cazadora. Estaba limpia, seca, templada. La dobló, la metió en la bolsa con el resto de la colada y se fue a casa.

En casa, al vaciar la bolsa, le faltaba una camiseta. Una gris, vieja, de estar por casa. Pensó que se habría quedado pegada al tambor, como pasa a veces, y no le dio más vueltas.

Hasta que semanas después, volviendo de otro turno, pasó por delante de la lavandería. Las cuatro de la madrugada, el local vacío, las máquinas apagadas. Todas menos la nueve.

Girando despacio, con la luz del tambor encendida, daba vueltas algo gris. Lucía no entró a comprobarlo. Desde entonces vuelve del hospital por la otra acera.

Así que si una madrugada, en una lavandería vacía, una máquina que nadie ha pagado te devuelve algo que fue tuyo, no abras esa puerta. Ahí dentro nada lava gratis: si aceptas lo que te ofrece, se cobrará algo de tu bolsa. Y puede que no te guste el intercambio.

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