Relatos Extraordinarios

Relato de ficción ambientado en un lugar real

La sombra que se retrasaba en Peñíscola

Castillo de Peñíscola (Castellón)

Cada tarde, Neus saluda a su sombra junto a la muralla de Peñíscola, hasta que esta empieza a responder con un retraso cada vez mayor.

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Peñíscola, en Castellón, finales de octubre. Neus corre cada tarde por el paseo de la playa Norte, ya sin turistas, y termina al pie de la muralla del castillo. Allí saluda a su sombra, que el sol bajo estira enorme sobre las piedras. Un juego de cuando era niña.

En el último banco del paseo, frente al castillo, hay siempre un hombre mayor con gorra de pescador. Nunca mira el mar. Mira la muralla. Neus le saluda al pasar, y él le contesta con la cabeza.

Un martes, Neus levantó el brazo, como siempre. Y la sombra de la muralla tardó un momento en levantar el suyo. Medio segundo, quizá.

Lo achacó al cansancio. Pero al día siguiente grabó el saludo con el móvil. En el vídeo se veía claro: su brazo subía, y la sombra esperaba un segundo entero.

«Será el móvil, que graba con retraso. Tiene que ser eso.»

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El jueves fue con Toni, su pareja. Se pusieron los dos delante de la muralla y saludaron a la vez. La sombra de Toni subió el brazo con él. La de Neus, dos segundos más tarde.

«Será la pared, que no es lisa. No le des más vueltas, Neus.»

Neus quiso creerle. Pero cada tarde el retraso crecía. Cinco segundos. Quince. El viernes, cuando su sombra levantó por fin el brazo, ella ya se había dado la vuelta para irse.

Al volver por el paseo pasó junto al hombre de la gorra. Tenía el sol de cara. Y detrás de él, en el suelo, no había nada. Ni una mancha.

«La tuya también se retrasa, ¿verdad? La mía tardó un mes. Un día ya no me siguió. Se quedó ahí arriba.»

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Neus miró la muralla. Con la última luz se veía la sombra de un hombre sentado, con gorra, sin nadie delante que la proyectara. Miraba hacia el banco.

Neus no volvió al paseo. Pero el retraso la siguió a casa. En la cocina, bajo la lámpara, su sombra tardaba un minuto entero en levantarse del sofá detrás de ella.

El domingo por la tarde, Neus se levantó del sofá y esperó. Pasó un minuto. Pasaron diez. En el suelo de la cocina no apareció ninguna sombra.

«Vuelve. Por favor, vuelve conmigo.»

Corrió hasta el castillo con el último sol. En la muralla había dos sombras. La del hombre sentado y, a su lado, la de una mujer de su estatura, con el brazo levantado. Saludando.

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