Relatos Extraordinarios

Relato de ficción ambientado en un lugar real

La última visita en la Alcazaba de Málaga

Alcazaba de Málaga

Marta atribuye el llanto nocturno de la Alcazaba a una actriz, hasta que una noche sin teatro vuelve a escucharlo entre las murallas.

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Málaga, agosto. Cuando cae el sol, la Alcazaba abre de noche: visitas guiadas entre murallas iluminadas, con la feria sonando abajo y el puerto encendido al fondo.

Marta lleva tres veranos haciendo la última visita, la de las once. Sube al grupo por la Puerta de la Bóveda y termina siempre en el mismo punto: el Arco del Cristo, con las luces del puerto a sus pies.

Y allí, cada noche, pasa lo mismo. Cuando el grupo calla para hacer fotos, desde lo alto de la muralla llega un llanto de mujer. Bajito. Como de alguien que no quiere que la oigan.

«Es parte del espectáculo. Hay una compañía de teatro que recorre el recinto.»

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Eso respondía Marta cuando alguien preguntaba. Y era verdad a medias: la compañía existía, actores vestidos de época que aparecían entre los patios. Ella nunca les había preguntado por la mujer que lloraba. ¿Para qué? Encajaba.

La noche del catorce la compañía no vino: tenían función en la feria. Visita normal, sin actores. Marta llegó al arco, el grupo calló para las fotos… y el llanto sonó igual. Más claro que nunca.

El grupo aplaudió. Pensaron que era la sorpresa final de la visita. Y en cuanto sonaron los aplausos, el llanto se cortó en seco.

Bajaron entre risas. Pero al llegar a la Puerta de la Bóveda, Marta lo volvió a oír. Delante de ellos. Al otro lado de la puerta por la que tenían que salir. Esperando.

Cruzaron deprisa. Fuera solo había aire caliente, el ruido lejano de la feria y la cuesta vacía. Nadie del grupo lo comentó. Nadie más lo había oído esa segunda vez.

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Al día siguiente, Marta llamó a la compañía para preguntar por la actriz del llanto.

«¿Qué actriz? Nosotros terminamos en el patio de abajo. Al Arco del Cristo no subimos. De noche, ahí arriba, no sube nadie.»

Los vigilantes más antiguos ni se inmutaron cuando Marta lo contó. Llevan décadas oyéndolo entre esas murallas. Por algo las rondas nocturnas de la Alcazaba se hacen de dos en dos.

Marta sigue haciendo la visita de las once. Pero ya no se detiene en el arco: pasa de largo, hablando alto, sin dejar un solo hueco de silencio.

Así que si este verano haces la visita nocturna y al llegar al Arco del Cristo oyes llorar a una mujer, no aplaudas. No le hagas saber que la has escuchado. Porque entonces baja a despedirte a la puerta.

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