Relato de ficción ambientado en un lugar real
La vigilante del monte de las Ánimas en Soria
Monte de las Ánimas, Soria
Sara ve luces entre los pinos del monte de las Ánimas, pero las cámaras no detectan nada. Al bajar a comprobarlo, algo la espera.
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Soria, primera semana de agosto. Una caseta de vigilancia de incendios en lo alto del monte de las Ánimas, al otro lado del Duero.
Sara llevaba tres veranos en esa torre. Se sabía de memoria las luces de la ciudad, los arcos rotos del claustro de San Juan de Duero abajo, junto al río, y la broma de todos los compañeros: que ese pinar era el monte de la leyenda de Bécquer.

Aquella noche no bajó a dormir. Riesgo extremo, viento del sur y la hierba crujiendo al pisarla. Dejó sobre la mesa la acreditación con el cordón verde: nombre, apellido, vigilancia forestal.
A las dos y diez apareció la primera luz entre los pinos. Después otra, y otra más, una fila de puntos anaranjados subiendo despacio por la ladera norte.
Luego llegó el sonido. Perros, muchos perros, y por debajo algo parecido a un cuerno. En un monte donde cazar de noche está prohibido todo el año.
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«Julián, tengo luces en la cara norte. Mira la cámara, por favor.»

«Aquí no sale nada. Ni humo, ni calor, ni una chispa. Está todo negro.»
El protocolo no admitía dudas: toda luz se comprueba. Sara cogió la linterna, se colgó la acreditación al cuello y bajó por el cortafuegos.
A cien metros de la torre el olor a resina se volvió olor a ceniza mojada y las luces dejaron de subir. Ahora estaban delante, quietas entre los troncos, y los perros habían callado.
Subió corriendo. Al saltar el alambre del vallado notó un tirón seco en la nuca y siguió sin volverse.
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Ya con la puerta cerrada, mientras recuperaba el aire, se llevó la mano al pecho. El cordón no estaba. Su acreditación se había quedado abajo, entre los pinos.
Desde la ventana vio cómo las luces se cerraban en círculo, exactamente sobre ese punto de la valla. Siguieron allí hasta que empezó a clarear.
Julián subió al amanecer y recorrieron juntos la ladera. Ni humo, ni huellas, ni una brizna quemada en toda la cara norte. En el alambre no había nada.
La acreditación estaba en la torre, sobre la mesa, donde ella la solía dejar. El plástico abarquillado, el cordón roto y ennegrecido, y el nombre todavía perfectamente legible.
Sara pidió el turno de día y nunca volvió a bajar de noche. Y si alguna vez ves luces subiendo por un monte, no vayas a su encuentro. Quizás te quiten algo que luego no te devuelvan.
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