Relato de ficción ambientado en un lugar real
Las sábanas del tendedero del Actur, Zaragoza
Actur, Zaragoza
En un bloque del Actur, dos sábanas resisten al cierzo y amanecen como una cama usada. Su dueña advierte que nadie debe recogerlas.
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Esta historia nos la ha enviado un vecino de Zaragoza, del barrio del Actur. Lo llamaremos Jota.
Jota se mudó en 2023 a un bloque de los normales: portal con las letras A y B, una puerta antiincendios que da a las escaleras y, al otro lado, otra puerta igual con las letras C y D.

En el D vive una mujer mayor, viuda desde hace años. Desde su cocina, Jota ve el tendedero de ella. Y desde el primer día se fijó en un detalle: la mujer tiende y recoge su ropa con puntualidad de reloj. Toda. Menos dos sábanas blancas.
Al principio pensó lo que pensaríamos cualquiera: que las estaba aireando, que quería que se fueran los olores. Pero pasó el otoño, pasó el invierno, y las sábanas seguían en el mismo sitio, sujetas con las mismas pinzas.
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En Zaragoza sopla el cierzo, y el cierzo no perdona: se lleva calcetines, arranca toallas enteras de los balcones. Aquel febrero voló media ropa del bloque. Las sábanas del D no se movieron.
Fue entonces cuando Jota empezó a fijarse por las noches. Colgadas de día parecían ropa. De madrugada, no. De madrugada colgaban pesadas, tensas, y algunas mañanas amanecían arrugadas de una forma extraña. Como una cama deshecha.

Un día coincidió con la vecina en el rellano y la ayudó con las bolsas hasta la puerta. Antes de despedirse, se atrevió a preguntar por las sábanas. Que si quería, él mismo se las descolgaba.
«Ni se le ocurra tocarlas. La ropa que pasa la noche fuera da cobijo a lo que anda perdido. Mientras estén tendidas, duerme fuera. El día que alguien las meta en casa, dormirá dentro.»
Lo dijo sin dramatismo, con el tono de quien avisa de que van a cortar el agua. Jota entendió entonces que se trataba de una simple superstición.
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En 2024 apareció el cartel de la inmobiliaria en el balcón. La mujer se marchó una mañana de martes, con dos maletas y sin despedirse de nadie. Se lo llevó todo. Las sábanas las dejó tendidas.
Pasaron dos años. Entraron compradores, agentes con llaves, hasta un tasador. Nadie las descolgó. Y seguían amaneciendo arrugadas, con esa forma de cama usada, en un piso donde no dormía nadie.
Jota nos escribió la semana pasada por una razón concreta. El piso por fin se ha vendido. Una pareja joven. Y lo primero que hicieron al entrar fue descolgar las sábanas, lavarlas y meterlas en casa.
El tendedero estuvo vacío tres días. Al cuarto, la pareja tendió unas sábanas suyas. En el mismo sitio, sujetas con las mismas pinzas. Y desde entonces no las han recogido.
Así que si en tu edificio hay ropa que lleva años colgada, déjala donde está. Alguien la tendió por algo. Y no quieras averiguar qué hace falta para tener que volver a tenderla.
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