Relato de ficción ambientado en un lugar real
Quince años de conspiración: despertar en Teruel
Teruel
Tras años denunciando una conspiración, Daniel cae enfermo en Teruel y empieza a tener sueños que parecen pertenecer a otra vida.

Durante quince años, Daniel Soria se ganó la vida explicando la conspiración a quien quisiera escucharla. Blogs, charlas en salas medio vacías, alguna noche en la radio cuando ya casi nadie llamaba.
Tenía una teoría para cada cosa. Que el mundo lo movían unos pocos desde la sombra. Que nada de lo que pasaba era casual. Que alguien, en algún sitio, tiraba de los hilos.
Lo que Daniel nunca sospechó, en todos esos años señalando la trama, fue que él mismo era parte de ella.
Empezó un martes de febrero, en Teruel, con un frío que se metía en los huesos. Daniel volvió a casa con dolor de cabeza y la sensación de estar incubando algo.

«Tienes mala cara. ¿Has comido algo hoy, o solo café y pantalla?»
«Estoy bien, Marta. Es una gripe. Me meto en la cama y mañana como nuevo.»
No fue mañana. Esa noche le subió la fiebre, y con ella empezaron los sueños.
No eran sueños suyos. Veía ciudades que no existían, oía idiomas sin palabras, sentía el paso de un tiempo tan largo que no cabía en una vida humana.
Y en mitad de todo, una certeza fría, sin origen, como si alguien la hubiera dejado dentro de él: esto no es la primera vez que estoy aquí.

«Estabas hablando dormido. No era español. No era nada que yo reconociera. Me has dado miedo, Dani.»
Publicidad
«Habrá sido la fiebre. Trae el termómetro, anda.»
Treinta y nueve y medio. Marta le puso paños fríos y se quedó a su lado. Él volvió a hundirse, y el sueño lo esperaba donde lo había dejado.
El segundo día fue peor. La fiebre no bajaba, y la frontera entre dormir y despertar se fue borrando.

Empezó a saber cosas. No a recordarlas: a saberlas. Como quien de pronto entiende un idioma que jamás estudió.
Sabía que había estado en otros cuerpos. Sabía que el suyo, el de Daniel, era prestado. Sabía que había venido a hacer algo, y que aún no era el momento.
«Marta... ¿y si te dijera que llevo toda la vida teniendo razón, pero por los motivos equivocados?»
«Te diría que tienes treinta y nueve de fiebre y que te calles y descanses.»

Ella se rió, por no asustarse. Pero esa noche, mientras él dormía, lo miró largo rato. Y por primera vez en ocho años, no supo del todo a quién estaba mirando.
Porque algo en su cara había cambiado. Nada que pudiera señalar con el dedo. La forma de respirar. La quietud. Como si por dentro hubiera otra persona ocupando el sitio.
El tercer día, la fiebre bajó de golpe. Daniel abrió los ojos al amanecer, despejado, limpio. Y supo, con una calma que no era suya, que el hombre que se había metido en esa cama ya no existía.
Publicidad
«Toda mi vida he buscado a los que mueven los hilos. Y resulta que yo era uno de ellos. Solo que me habían apagado.»
No sabía aún de qué lado había despertado. No sabía si los suyos eran los que querían salvar este mundo o los que querían terminarlo.
Sabía solo que no estaba solo. Que había otros, repartidos por el planeta, viviendo vidas prestadas, esperando como había esperado él a que su reloj se cumpliera.
«Ya tienes mejor cara. Me has tenido tres días con el alma en un hilo. ¿Vuelves a ser tú?»
«Sí. Vuelvo a ser yo.»
Fue la primera mentira de su nueva vida. Y la dijo sin esfuerzo, mirándola a los ojos, como si llevara siglos mintiendo.
Esa tarde se asomó a la ventana a respirar. Teruel seguía igual: los tejados, la torre mudéjar a lo lejos, la gente menuda cruzando la plaza.
Entonces lo vio. Abajo, en la acera de enfrente, un hombre quieto entre el ir y venir de la calle.
No miraba el móvil. No esperaba a nadie. Estaba de cara al edificio, inmóvil, con la vista clavada en una sola ventana.
La suya. Y cuando sus miradas se cruzaron, el desconocido no apartó la vista. Sonrió apenas, e inclinó la cabeza, despacio, como quien saluda a alguien que por fin ha llegado.
Daniel entendió dos cosas a la vez. Que ya sabían que había despertado. Y que llevaban tiempo esperándolo en la acera de enfrente.
Este relato nació como un vídeo
Cada semana publicamos historias nuevas en redes. Síguenos para no perderte la próxima. Las ilustraciones son recreaciones, no fotos del lugar.
Publicidad
Más relatos cerca de aquí
Teruel
La trágica leyenda de los amantes de Teruel
En el mismo sitio

Sierra de Cuenca, Buenache de la Sierra (Cuenca)
La torre que susurraba en la sierra de Cuenca
A 81 km

Cuenca
La casita de muñecas del desván de Cuenca
A 92 km
La Cornudilla, Requena (Valencia)
La Cornudilla: la aldea que huyó del miedo
A 95 km

