Relato de ficción ambientado en un lugar real
La puerta giratoria de la calle Preciados
Calle Preciados, Madrid
Bruno llega a una tienda de Preciados para recoger unos zapatos, pero un empujón a la puerta giratoria lo encierra en un tiempo imposible.
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Madrid, primer sábado de septiembre, las nueve y media de la noche. En la calle Preciados todavía cabía un río de gente y las tiendas empezaban a bajar el ritmo.
Bruno tenía media hora para recoger unos zapatos que le habían dejado apartados. Llevaba el resguardo arrugado en la mano, con el número de reserva escrito a boli.
En la entrada, un vigilante sujetaba la puerta giratoria mientras salía una familia cargada de bolsas. Levantó la mano al ver a Bruno acelerar el paso.

«Tranquilo, que va sola. No la empuje.»
Bruno dijo que sí con la cabeza, se metió en el compartimento y apoyó la palma en el cristal para darle un impulso, por pura costumbre.
La hoja avanzó medio metro y frenó. El hueco de salida pasó por delante de él sin abrirse, como si el cristal continuara. Bruno esperó a la vuelta siguiente.
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La segunda vuelta lo dejó otra vez mirando el vestíbulo desde dentro. La tercera, igual. Golpeó el cristal con el resguardo todavía entre los dedos.
«Oiga. Oiga, que esto no me abre.»

El vigilante seguía en su sitio, a tres metros, mirando hacia la calle. Una pareja entró por esa misma puerta, cruzó el compartimento de atrás y salió al vestíbulo sin ningún problema.
Entonces Bruno miró hacia delante. En el compartimento de delante había un hombre caminando despacio, con una gabardina beis y una bolsa de papel doblada bajo el brazo.
Giraba al mismo ritmo que la puerta y no intentaba salir. Cuando notó que Bruno lo observaba, se acercó al cristal y habló pegado a él.
«¿Cuántas vueltas llevas ya?»
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Bruno no supo qué contestar. El hombre desdobló la bolsa y le enseñó el tique grapado dentro: la fecha impresa era de hace once años.

«Yo también iba con prisa. Le di un empujón para no perder el metro.»
A las diez se apagaron las luces del vestíbulo por plantas y bajaron los cierres metálicos. Fuera, en Preciados, la gente seguía paseando como si no fueran ni las nueve.
La puerta no paró. Vuelta, el vestíbulo a oscuras, la calle encendida, vuelta otra vez. En una de esas vueltas, el compartimento de atrás ya no estaba vacío.
Una chica con bolsas miraba el reloj y colocaba la mano en el cristal, con esa impaciencia de quien llega tarde a algo.
«¡No la empujes!»
Ella ni levantó la vista. La hoja avanzó medio metro y volvió a frenar. Ahora eran tres.
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