Relato de ficción ambientado en un lugar real
El semáforo de la calle Labradores de Valladolid
Calle Labradores, Valladolid
Cada madrugada, un repartidor ve activarse un semáforo en una calle vacía de Valladolid y oye un bastón cruzar el paso de peatones.
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Valladolid, calle Labradores, dos y diez de la madrugada. Marcos repartía pan con su furgoneta y cada noche paraba en el mismo semáforo, junto al paso de peatones del colegio.
Ese semáforo tiene aviso acústico para personas ciegas: un pitido que suena cuando el muñeco se pone verde. De día lo activa un botón. De noche, con las calles vacías, debería quedarse en silencio.

Pero aquella noche de octubre, con la calle desierta, Marcos oyó el pitido. El muñeco verde se encendió solo. Nadie había pulsado el botón. Nadie cruzó.
Miró el reloj de la furgoneta: las dos y catorce. A la noche siguiente volvió a pasar. Y a la otra. Siempre a las dos y catorce, siempre con la acera vacía.
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La cuarta noche, Marcos aparcó y esperó de pie junto al semáforo. A las dos y catorce sonó el pitido, y esta vez notó algo más: un golpeteo suave sobre el asfalto, como madera fina tocando el suelo por el paso de cebra.
«¿Hay alguien ahí? ¡El paso está vacío, lo estoy viendo!»

El golpeteo cruzó de acera a acera y se apagó justo cuando el muñeco volvió a rojo. Marcos no durmió esa mañana. Por la tarde preguntó en el bar de la esquina, y la dueña, una mujer mayor, dejó de secar vasos.
«¿Las dos y catorce, dices? Ay, hijo. Ahí atropellaron a don Julián, el afinador de pianos. Era ciego. Hace más de veinte años.»
«¿Y por qué a esa hora? Un ciego no cruza solo de madrugada.»
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«Volvía de trabajar en el teatro. Entonces este semáforo no tenía sonido. Se lo pusieron después, por él. Llegó tarde.»
Esa noche Marcos volvió al paso de cebra con el corazón encogido. A las dos y catorce, el pitido. El golpeteo del bastón sobre el asfalto, tranquilo, sin prisa, de una acera a la otra.
«Tranquilo, don Julián. Está en verde. Puede cruzar.»
El golpeteo se detuvo un instante a su altura, como quien saluda con la cabeza, y siguió hasta la otra acera. Marcos juraría que el aire olía a barniz y a madera vieja, a taller de pianos.
Desde entonces, cuando reparte por Labradores, Marcos espera con el motor apagado hasta que el pitido termina. Nunca arranca en seguida, aunque su semáforo esté abierto.
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