Relatos Extraordinarios

Relato de ficción ambientado en un lugar real

El telefonillo del cuarto B en la Rondilla

Barrio de la Rondilla, Valladolid

Nuria vive sola en Valladolid, pero una cartera asegura que alguien le abrió el portal y la observó desde el interior de su piso.

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Valladolid, barrio de la Rondilla. Nuria vive sola en un cuarto piso sin ascensor y trabaja de mañana en una gestoría. Un martes de octubre, al volver a casa, encontró en el buzón un aviso de Correos.

Ausente, pase a recoger su envío por la oficina. Lo de siempre. Pero debajo, escrito a bolígrafo, la cartera había añadido una frase: «Me abrieron el portal. Arriba no abrió nadie».

Nuria pensó en un vecino que abre a cualquiera y en una cartera con prisa. Esa misma tarde fue a la oficina a por el paquete, con el aviso en la mano. La cartera de su calle seguía allí y se acordaba perfectamente.

«Llamé al cuarto B. Me preguntaron quién era, dije que Correos y me abrieron el portal. Subí, toqué el timbre y la mirilla se oscureció. Alguien me estaba mirando desde dentro. Pero no abrió.»

«A esa hora yo estaba trabajando. En mi casa no había nadie.»

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Esa noche, Nuria revisó el piso entero. La puerta estaba cerrada con dos vueltas, como ella la había dejado. Nada fuera de su sitio. Solo el telefonillo de la entrada, con el auricular mal colgado, torcido en su soporte.

Encontró una explicación que le servía. Los telefonillos viejos se cruzan, y a veces contesta un piso por otro. Lo de la mirilla sería la luz del rellano, que se apaga sola.

Aun así, el viernes quiso quitarse la duda. A media mañana salió diez minutos de la gestoría, se plantó en la acera frente a su portal y pulsó el botón del cuarto B. Arriba no podía haber nadie.

En el altavoz sonó un chasquido. Alguien acababa de descolgar.

«¿Quién es?»

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A Nuria se le cerró la garganta. Pero quería que quien estuviera dentro supiera que la dueña estaba abajo, y que no estaba sola en la calle.

«Soy Nuria. Esta es mi casa. ¿Quién está ahí?»

No hubo respuesta. Solo el zumbido del portal, abriéndose para ella.

No subió sola. Llamó a la policía y esperó en la acera. Cuando llegó arriba con dos agentes, la puerta del cuarto B estaba abierta de par en par. Dentro no había nadie. El auricular del telefonillo colgaba del cable, balanceándose.

A la cartera solo le había abierto el portal. A Nuria le había abierto también la puerta de casa.

Desde entonces, cada tarde, cuando Nuria sube el último tramo de escalera con las llaves en la mano, oye la cerradura girar desde dentro. Dos vueltas. Y la puerta se abre antes de que ella llegue.

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